viernes, 18 de abril de 2008

Textos Libres. César (3)

No sé por qué, ayer recordé cómo eran las viviendas de los años anteriores a la Transición, los lugares donde los pertenecientes a la Generación Inexistente vivimos la infancia. Tampoco entiendo por qué he escrito este texto. Pero ya está escrito y, como es gratis hacerlo, lo he subido al blog. Que aproveche. Ya dijimos que quien quiera puede contar sus experiencias durante la Transición y publicarlas en este blog. Basta con enviar el escrito a: cgalianoroyo@gmail.com.



LAS VIVIENDAS DE CUANDO ÉRAMOS CRÍOS


Los usos y las necesidades han ido cambiando la disposición de las cosas en el interior de nuestras viviendas. Hay que tener en cuenta, además, que los pisos de principios de los setenta eran bastante más amplios que los de hoy en día y que, por ejemplo, disponían de rincones oscuros y salas misteriosas donde nunca entraba nadie. El olor a cerrado y el ambiente de esas habitaciones creaban un respeto muy parecido al miedo. Por lo común eran comedores para invitados de categoría, estaban decorados con muebles repletos de espejos y tenían, en los cajones, las cuberterías de lujo y demás utensilios que no se utilizaban jamás. Ni siquiera los niños entrábamos en esas salas a menos que uno de los amigos se hubiese ocultado mientras jugábamos al escondite. Por cierto, ¿quién puede jugar al escondite en una vivienda de la actualidad?

Un detalle que siempre me ha sorprendido es la ubicación del teléfono. No sé por qué motivo, el teléfono estaba siempre en el lugar más incómodo de toda la casa. No estaba al alcance de la mano, junto al sofá que suele haber frente al televisor o en el cuarto habilitado a modo de despacho. Qué va. Solía estar sobre un mueble ridículo del recibidor, por ejemplo, en medio del pasillo o en la sala que se llamaba “de estar” y donde no estaba nunca nadie. El teléfono no formaba parte de familia, no era un utensilio habitual. Sólo se utilizaba cuando era preciso, cuando llamaba la tía Jenara desde Villanueva del Trabuco o cuando había que llamar al médico porque la estaba palmando la abuela. Eso de hablar por hablar era, pues, incomodísimo, carísimo y, por si eso fuese poco, estaba incluso mal visto.

Las casas de aquellos tiempos tenían unos pasillos irracionalmente largos. Apenas recuerdo un par de casas sin pasillo. Y sí recuerdo, por ejemplo, haber corrido en bicicleta o haber jugado al fútbol en esos pasillos que, si se fundía la luz, atravesábamos a toda velocidad para que no nos atrapasen los monstruos que habitaban las habitaciones deshabitadas. Me refiero otra vez a esos comedores inútiles o a esas salas de estar que, por lo general, se abrían a ambos lados de los pasillos.

Había un solo cuarto de baño y me parece que en aquellas fechas no se duchaba nadie. La gente se bañaba, y no una vez al día precisamente. Ni cada dos días. Normalmente había, junto al jabón y al champú, un trozo de piedra pómez para quitarse uno la mugre a fuerza de mucho frotar. El cuarto de baño de la casa de mis abuelos de Nájera era especialmente curioso. Era enorme, gigantesco. Tanto, que cagar ahí se convertía en una prueba de valor y entereza. Era brutal la sensación de desamparo e indefensión que uno tenía al sentarse en la taza y ver tan lejos todo lo demás. La taza del váter estaba como a unos tres metros de la bañera, a dos del lavabo y a otros dos y medio de la puerta. Los techos eran altísimos, y la puerta, para colmo, era de cristal granulado, de ese que facilita la visión de sombras inexistentes al otro lado. Estaba uno allí, acojonado por la grandiosidad que le rodeaba e intentando acabar de cagar cuanto antes. Cagar allí era una aventura, ya digo, si bien se trataba de un cuarto de baño un tanto excepcional.

El tocadiscos no estaba en el salón o donde se encuentre la tele. Nuestros padres no acostumbraban a escuchar tanta música como lo hacemos nosotros y, por lo tanto, el aparato estaba en la habitación de los hijos. Ahora cada familia dispone de cuantas pantallas de televisión y cuantos cedés quiera, pero entonces había una tele, un tocadiscos y la voz de mi madre cantando mientras hacía las labores de la casa.

En cuanto a lo demás, era poco más o menos como ahora. Los congeladores de las neveras no eran tan grandes como los actuales, claro está. Entonces se utilizaban exclusivamente para tener hielo. Y el hielo no se utilizaba para nada, porque el güisqui era muy caro y normalmente no estaba el horno para bollos. Además, no se congelaba ningún alimento. Ni siquiera el pan.

Y de los dormitorios poco puedo decir. Los de nuestro padres solo servían para dormir. Tenían algo de santuario, de lugar prohibido a los demás mortales y, por supuesto, a los niños. Los nuestros, con una distribución totalmente distinta, eran lugares donde, más que dormir, disfrutábamos las horas que no estábamos en la calle: ahí leíamos, oíamos música, dibujábamos y hacíamos todo lo que hacían los chavales en aquellos días.

jueves, 17 de abril de 2008

Gang of Four

Me extrañó, hace un par de años, que un muchacho me hablase de los Gang of Four. Creía que, al menos en España, sólo los conocimos unos cuantos hace muchos años y que luego se disolvieron sin pena ni gloria. Pero no. Debe ser cierto eso de que algunos jóvenes tiren del hilo de la música de los ochenta. Desde luego, los Gang of Four suenan hoy casi tan bien como en aquellos tiempos.

martes, 15 de abril de 2008

Devo

La versión que Devo hizo del legendario Satisfaction de los Rolling Stones nos dejó helados. Siempre me ha parecido muy superior a la versión original. Los Devo acaudillaron la tendencia futurista de la época. Ya he dicho que por aquellos días aún no habían hecho ese molde con el que luego han horneado a tantos grupos. Había de todo. Y Devo es una prueba, claro. En medio del nacimiento del punk, los Devo aparecían vestidos de marcianos y tocaban una música pretendidamente del futuro, con la fuerza del punk, pero sin ser punk. Estaban como cabras. Por eso, y por algo más, nos gustaban.

lunes, 14 de abril de 2008

Textos Libres. Lluis (8)

Lluis vuelve a la carga con sus recuerdos. Hoy mezcla los libros de literatura con los de cómics. Y tiene razón: tanto unos como otros conformaron nuestro bagaje cultural. Sólo los bobos pretenden que unos tengan más valor que los otros. Ya dijimos que quien quiera puede contar sus experiencias durante la Transición y publicarlas en este blog. Basta con enviar el escrito a: cgalianoroyo@gmail.com.


ESOS LIBROS

(Con viñetas o incluso sin ellas)

No recuerdo exactamente cuándo empecé a «aficionarme» (como aquel que nos dio la charla en el colegio y que cogió el hábito... pero de fumar) a la lectura... pero creo que fue a muy corta edad. No tengo muchos recuerdos sobre cuentos infantiles y todas esas cosas, por lo que tengo la duda de si me aficionaron o me aficioné yo solo (aunque esto último, y con la ayuda de mis hermanos, me parece más probable).

Eso sí: en mi casa (como en casi todas las casas que recuerdo) siempre había libros (en mayor o en menor medida). Incluso aquellos «falsos» de decoración tras los cuales, a veces, se escondían cosas. O las enciclopedias de la época que estaban en todas las casas: Monitor, Ciencias...

Algunos de aquellos primeros recuerdos de lectura, aparte de la literatura o la poesía clásica que nos hacían leer y aprender, en algunos casos, de memoria (en nuestro colegio... tal vez una de las pocas cosas buenas que hicieron), me llegan desde mi habitación (que compartía con dos de mis hermanos). Son los recuerdos de aquellos libros de «Aventuras» con aquellas páginas de «historietas» que se alternaban con las de texto. Las Aventuras de Julio Verne, de Tom Sawyer, Oliver Twist y otros cuentos de Dickens o de los Hermanos Grimm, las Aventuras de los Cinco (y luego de los Siete), junto a la amplísima colección del «Coyote»... Primero leíamos las páginas de dibujos, las historietas, y éstas conseguían que nos engancháramos a la trama del libro y decidiéramos leerlo del todo. Nunca leer fue tan fácil ni tan divertido. Aquellas historias adaptadas nos ayudaban a descubrir todo un mundo de emocionantes aventuras, vividas sin movernos de nuestra habitación (y eso sin dejar de tener muchas aventuras en la calle... cosa que hoy en día no ocurre). Esas lecturas las alternábamos con los cómics de nuestros abuelos y padres: El Príncipe Valiente de Hal Foster, Tarzán de Burne Hogarth, el Hombre Enmascarado o los cómics de Milton Caniff, junto con los de Blasco o Freixas.

De allí pasé a la colección de libros clásicos de mis padres, encuadernados de forma magistral y con unas ilustraciones bellísimas. Shakespeare, Dostoievski, Cervantes, La Novela picaresca, La Comedia Humana de Balzac...

A partir de allí, fue la locura. La necesidad de leer continuamente (para evadirme de la realidad, seguramente, y para conocer otras realidades), de conocer, de descubrir, de vivir, al fin y al cabo. Cómics del Portugués Coelho (La Ley de la Selva), Litle Nemo in Slumberland, los de Eisner o Li'l Abner (que mis abuelos tenían en edición extranjera). Llegaría también el gran Herman Hesse (escuchábamos a un grupo que se llamaba Stepenwolf, como el título de uno de sus libros). Confieso que aprendí mucho sobre la vida, sobre el bien y el mal, sobre el hombre y sus flaquezas, leyendo aquellas páginas (referenciar aquí la portada extraordinaria del disco de Santana «Abraxas»). Los libros no se medían por sus páginas y no nos daba miedo introducirnos en grandes aventuras como «El Señor de los Anillos» de Tolkien u otros. También Michael Ende, George Orwell, junto con los libros de la Marvel: Nick Fury, Estela Plateada, Kazar... o los extraordinarios dibujos de Neal Adams (Linterna Verde, Batman, Conan...). Buscábamos en las estanterías de las librerías cuanto cómic pudiéramos absorber: la publicación Gaceta Junior, Drácula (Enric Sió, Maroto...), Delta 99, 5xInfinito (Carlos Giménez), Dossier Negro, Vampus, Rufus, Vampirela...

La publicación TRINCA salió cuando yo tenía 12 años, aproximadamente. Allí descubrimos las historietas que tanto nos marcaron de Palacios (Manos Kelly, El Cid, La Paga del soldado...), Víctor de la Fuente (Haxtur, Mathai-dor...), Ventura y Nieto, Brocal Remohí (Kronan)...

Los libros de tapas duras de Lucky Luke, Astèrix, Tintin, Blueberry... O las historias de Mort Cinder, de Alberto Breccia (entre tantos).

Y llegó la época dorada de los cómics en nuestro país a finales de los 70 y principios de los 80. De las primeras lecturas en catalán con los libros de Quim Monzó o de Manuel de Pedrolo, por poner solamente dos ejemplos. Y los grandes libros, como La Madre de Gorky o Ulises de Joyce (impresionante). Publicaciones de cómics de gran calidad como 1984 (después Zona 84), Creepy, Comix Internacional, Totem, Heavy Metal, Blue Jeans, Cairo, Bésame Mucho, Vértigo, Bumerang, Cimoc, Pilot, El Víbora, El Papus, Rambla...

Las portadas (extraordinarias) de Corben, Enrich , Sanjulián o Frazetta. Los cómics de Manara, del incomparable MOEBIUS, José Gonzalez, Carlos Giménez, Luis García, Jeff Jones, Piter Pontiac, José Ortiz, Fernando Fernández, Horacio Altuna... las ilustraciones de Boris Vallejo...

¿De dónde sacábamos tiempo para leer todo aquello? ¿Para escuchar tanta música? ¿Y para salir con los amigos?

También me apetece recordar aquí los libros de Jack Kerouac, William Burroughs, Charles Bukowski, Alfred Jarry, Julio Cortázar, Woody Allen, Groucho Marx, Edgar Allan Poe, Emile Zola, Kafka, Bertold Brecht, Machado, Lewis Carrol, Rafael Alberti, Neruda... Además de toda la poesía cantada, escuchada, aprendida (la mejor manera de memorizar una poesía, mediante una canción) con Serrat, Paco Ibáñez, Ramón Muntaner, Raimon, Ovido Montllor.

Y en verano, en el camping de Salou, las publicaciones para los extranjeros: Los cómics franceses de Pilote (Luis García, Carlos Giménez...), Lucky Luke (Mc Coy de Palacios...) o alemanes (Umpah-Pah de Goscinny y Uderzo...).

Éramos, dicen algunos, una generación pasota; pero lo absorbíamos todo y todo nos interesaba. Literatura, Música, Arte (me entusiasmaban los grandes ilustradores del Arte: Velázquez, Sorolla, Dalí...), Creación...

Ahora ya no queda tiempo para leer ni para casi nada, pero el «poso» que dejó aquella época todavía persiste Hoy y para Siempre.

viernes, 11 de abril de 2008

The Clash

El 27 de abril de 1980 asistí al concierto que The Clash dio en el Palacio de Deportes de Badalona. Recuerdo la fecha exacta porque es mi cumpleaños. Cumplía yo dieciocho años y mis hermanos me regalaron la entrada del concierto de los Clash, una camiseta de los Clash, el LP Sandinista que los Clash acababan de publicar y una chapa de los Clash. Por suerte me encantaba el grupo, porque si no…

jueves, 10 de abril de 2008

The Residents

Uno ya no es la misma persona después de ver a The Residents en directo. No es un grupo normal. Lo digo en presente porque me parece que aún están en activo. De hecho, podrían ser los músicos de siempre, sus primas o los sobrinos de sus biznietos: nadie les ha visto nunca la cara. Hay quien dice que son varios ex presidentes de los Estados Unidos. Yo creo, más bien, que se trata de cuatro ex Sumos Pontífices de la Iglesia Católica.

Asistí a uno de sus conciertos hace unos veinticinco años. Era en un teatro de Badalona, creo. Y es que a The Residents hay que verlos sentado. Llegué, me senté y, cuando un individuo fue a ocupar el asiento que había junto al mío, le dije: “Está ocupado”. Hacía cinco o seis años que no veía a Tomás, un amigo de esos de siempre, de los de la infancia. No sabía nada de él. Pero estaba seguro de que, si estaba vivo, acudiría al concierto. Entró en el teatro poco antes de que empezara el show. Le llamé y, al cabo de un momento, conversábamos como si no hubiera pasado el tiempo mientras esperábamos el inicio de un concierto de The Residents. ¿Qué más podía pedir?

El vídeo que he subido al blog no tiene desperdicio. Hay que verlo entero.

miércoles, 9 de abril de 2008

D.A.F.

He subido este vídeo de los D.A.F. por varias razones. En primer lugar, porque siempre me han gustado y porque, claro, son una de aquellas bandas que nos hicieron bailar a principios de los ochenta. Pero también para dejar claro que en aquellos tiempos hubo bandas de todos los colores y tendencias, que casi nadie actuaba igual que los demás y que cada concierto era totalmente diferente. Algunos tenían más fuerza, otros daban menos espectáculo y casi todos subían al escenario con su propio cuelgue. El directo de hoy en día está tan medido que resulta plano, sin alma.

Siempre he sido partidario de los conciertos en salas de poco aforo. Eso fue un triunfo del punk, que consiguió dejar a un lado a los que se creían grandes estrellas del rock y necesitaban veinte metros de escenario para lucirse. Los músicos comunican mucho más en las salas pequeñas, donde están cerca del público.

Los macroconciertos, en cambio, no me gustan nada. Me parece muy triste que la gente no vaya a escuchar un concierto, sino de fiesta. A menudo, en esas grandes convocatorias en descampados provistos de varios escenarios, actúan tantos grupos que buena parte del público ni siquiera sabe quién está actuando en ese momento. Y no les importa. Es como entrar al cine sin saber qué película se va a proyectar. Aunque supongo que así ha de ser el siglo XXI. Vamos al cine sin saber qué película proyectan y luego vamos al concierto sin tener idea de quién toca. Pero es que la cultura nos importa un huevo. Vamos de fiesta y no a otra cosa.

Ahí están los D.A.F., entonces. Era curioso ese grupo alemán compuesto de un ario y del hijo de unos emigrantes españoles. A veces, como en la actuación de este vídeo, les acompañaba a las teclas un ser de aspecto asexuado. Puede gustarnos o no. Pero estoy seguro de que hoy en día no pueden verse conciertos del mismo aire.

martes, 8 de abril de 2008

Pere Ubu

Un muchacho llamado Alfred Jarry escribió, a finales del siglo XIX y antes de acabar alcoholizado, una obra de teatro que llevaba por título UBU REY. Sin saberlo estaba creando el precedente del Dadá y el Surrealismo. El personaje principal, PERE UBU (El Padre Ubu, en francés) era un individuo neurótico y casi esquizofrénico cuyo nombre tomaron unos músicos de los años setenta y ochenta para su grupo: PERE UBU. A mí me encantaban. Los menciono en la novela, claro, como a otros tantos grupos que llenaron nuestro mundo cultural y subversivo. Poco a poco iré dándolos a conocer a través de los vídeos que voy capturando en la red.

domingo, 6 de abril de 2008

Textos Libres. Lluis (7)

Lluis vuelve a las andadas. Hoy nos habla de los conciertos de aquellos tiempos y empieza recordando los antecedentes de los macroconciertos de hoy en día. Entonces no acostumbrábamos a ir a conciertos de varias bandas. Lo habitual era asistir al concierto de un grupo y, después, con la cabeza llena de música, íbamos a tomar algo y a comentar lo que acabábamos de vivirstsl duien recuerda "El conoci. Ya dijimos que quien quiera puede contar sus experiencias durante la Transición y publicarlas en este blog. Basta con enviar el escrito a: cgalianoroyo@gmail.com.


EMOCIONES EN VIVO

Los conciertos no solamente representaban un acontecimiento musical, sino también social y un lugar de encuentro para toda la «basca».

Ya hablé, en un texto anterior, de las grandes concentraciones de CANET, con una gran carga simbólica, política y reivindicativa. Pero hubo otros (encuentros primordialmente musicales y de relación) como el CALELLA CAMPING ROCK: varios días de acampada en un lugar especialmente habilitado para tal efecto, donde también se reunía mucha gente para escuchar y ver a sus grupos de la época. En las diferentes ediciones del festival pasaron por sus escenarios gente muy diversa, que iba de los Guadalquivir a Música Urbana; De Unión Pacific a Ñu, o los Rápidos, Ilegales, Las Fuerzas atroces del Noroeste (Siniestro Total, Aerolíneas Federales...), Décima Víctima, Derribos Arias o Glutamato Yeyé, por poner solo unos pocos ejemplos.

También las fiestas-conciertos, como el de la presentación en vivo del primer trabajo de la Orquesta Mondragón en Valls, donde se reunió gente llegada de todas partes y en donde circularon los canutos más grandes que he visto en toda mi vida. O las fiestas mayores de pueblos como el Pla de Sta Maria, con la intervención de la banda de Oriol Tranvía (un tipo rarísimo que solo editó, que yo sepa, un Lp) o de los Rápidos, que luego serian Kul de Mandril y después El Último de la Fila y que tenían un directo potentísimo y con un sonido brutal (recuerdo cuando rompían una televisión en directo). Los viajes a Barcelona para asistir a los conciertos de Estudio 54 y otras salas de la época. Smiths, Simple Minds (con China Crisis, como teloneros)... Ver a nuestros ídolos de entonces sobre un escenario (sobre todo para los que nos dedicábamos de un modo u otro a la música), era absolutamente alucinante.

Así de alucinantes fueron los bolos de los increíbles Psychedelic Furs, de Talking Heads o, posteriormente, de Lloyd Cole and the Commotions, Immaculate Fools o Sisters of Mercy.

También los «macroconciertos» en los estadios de la Ciudad Condal y los alrededores. El mítico concierto de los Weather Reaport, con Camarón de telonero, que tuvo más éxito que los primeros, con diferencia (los Weather fueron incluso abucheados cuando salieron porque «cortaban el rollo»). El Extraordinario concierto de Frank Zappa. Creo que fue en éste, donde se produjo una potente carga policial a las puertas del estadio, llegando incluso a entrar en el interior y montándose un pollo para ser recordado. Los Supertramp (un concierto absolutamente decepcionante), Camel y tantos otros...

Los conciertos en la discotecas y pubs: Gabinete Caligari y Alfavil en Caballo Blanco, Derribos Arias, Tequila (con los que compartimos, por cierto, unas copas en el Soneto, el pub de Edgar) y, cómo no, nuestros amigos y sus bandas: El Hombre de Pekín, Pastel, Inopia, Azúkar en la Sangre...

Los que no podíamos ver (por falta de pasta o porque se hacían demasiado lejos), los veíamos por la tele (había varios programas de conciertos y actuaciones en directo realmente buenos) o los escuchábamos por la radio (especialmente Radio 3). Me apetece especialmente recordar el concierto de Reus de Gabinete Caligari + Azúkar en la Sangre (con cartel de nuestra amiga Tona) o el de Golpes Bajos (que daría otro unos años después, ya a punto de separarse, en Tarragona y que fue uno de los mejores conciertos que he visto. Era alucinante ver a Teo Cardalda correr por el escenario cambiando de instrumentos: percusión, guitarras, teclado...). También los que organizamos en Radio Music Club; especialmente el de La Polla Records + Cicatriz. Nosotros (sin haberlo hecho nunca) nos encargamos de todo: Organización, Contratación, Gestión, Seguridad, Transporte. Montamos, también, las barras de bar y nos ocupamos de servir las copas (un montón de litros de cerveza , de los que no quedó ni una gota). Lo más curioso del concierto fue (a pesar de ser teóricamente dos bandas Punk) que la mayoría del publico asistente (y fue mucho, porque estaba a romper) fueran niñas y niños pijos, con unas borracheras impresionantes y cantando todas las canciones de La Polla. Estaba claro que el Punk había muerto (qué lejos quedaban los conciertos de Las Vulpes o los primeros de Siniestro). El de Kortatu, que nuca llegó a ser (porque lo prohibieron por incitar a la violencia y al radicalismo) o uno de los últimos que organizamos y que fue un auténtico fiasco: Semen-Up.

Me apetece recordar también a nuestro amigo Ros, promotor incansable de conciertos y movidas, o a la gente de La Traviesa de Torredembarra (todavía vivos) o a Jesús Ordovás, que nos enseñó a «amar» el pop hecho en la Península y a respetarlo sin complejos. Y, desde luego, a toda la gente de nuestra generación que se metió en la aventura de montar una banda (algunas tan famosas como los Gatos Locos de Cambrils) y que, no solamente no recibieron subvenciones ni ayudas (como más tarde pasaría con el «Rock Català»), sino que eran tratados como auténticos apestados. Suerte que allí estábamos todos nosotros (sus seguidores incondicionales) para darles «vacunas».

Quede, también para ellos, mi recuerdo.

martes, 1 de abril de 2008

Textos Libres. Lluis (6)

Lluis nos habla hoy de la educación en los tiempos anteriores a la Transición. El texto lleva el título de Santa Educación, y se refiere a aquellos colegios que conocimos muchos de los que después vimos a Arias Navarro, en la tele, diciendo que Franco había muerto. Son los antecedentes, el mundo en blanco y negro que dio paso al colorido que llegó más tarde. stsl duien recuerda "El conociYa dijimos que quien quiera puede contar sus experiencias durante la Transición y publicarlas en este blog. Basta con enviar el escrito a: cgalianoroyo@gmail.com.


Yo viví en aquella época gris, en aquella época oscura, gran parte de mi infancia y mi juventud.

Primero fue aquel colegio. Parecía que el primer objetivo fuera asustarnos. Aquellos castigos: encerrados a oscuras en el «cuarto de las ratas» (todo un clásico). Al principio era tenebroso (más por no saber lo que podrías encontrar allí que por el cuarto o la oscuridad en sí), pero luego, con el tiempo, dejaba de darte miedo y, por lo tanto, de ser efectivo para los que lo utilizaban para «aterrorizarte».

Luego fue el colegio de los «Hermanos».

Los primeros cursos (¡¡éramos muy pequeños!!), con aquellos profesores que parecían estar sacados de una película de cine negro. Con aquella autoridad que marcaban con sangre (la letra, con sangre entra), con aquellos procedimientos incomprensibles que existieron (aunque, visto en perspectiva, parece imposible) y perduraron en el tiempo.

Las revisiones de nuestra higiene. Nos hacían enseñar las uñas y, si las teníamos largas, recibíamos un golpe con la regla de madera en la punta de los dedos. Los guantazos, con el consiguiente «algo habrás hecho» de algunos de los padres de nuestros compañeros (que no de los míos, por fortuna) y la ridiculización frente al grupo. Y era mejor no protestar, porque, quien lo hacía, recibía más. Era su forma de educar y formar (al cuerpo y al espíritu).

Se entraba a clase en formación. Los profesores de gimnasia (y algunos otros) eran militares (y no eran los peores, en algunos casos), había imágenes de Franco en el comedor y en algunas de las aulas y zonas comunes y existían clases de gente (y gente con clase, que decía aquel). Especialmente los «soperos» (como se les conocía), que eran niños de familias de pocos recursos que pagaban su manutención y sus estudios (muy al espíritu del «fundador») sirviendo las mesas en los comedores y limpiando, y que comían aparte y con una dieta «especial» (a base de sopa y poco más; de ahí lo de soperos).

En el «recreo» jugábamos a la pelota, a arrancar cebollas, o al «cavall fort» («el churro», que era un juego que hoy en día podría considerarse «salvaje» pero que nos encantaba... sobre todo para quitarnos del cuerpo toda la rabia acumulada). Un amigo se inventó un juego que consistía en formar equipos y pelearnos los unos contra los otros, lo que motivó más de una ida y venida al «botiquín». Por esos juegos, un compañero pasó gran parte del curso con el brazo escayolado.

Recuerdo aquellas «campañas» del Domund, obligados a pedir por toda la ciudad cargados con aquellas pesadas huchas de barro que reproducían cabezas de niños de otras etnias y culturas (el negro, el chino, el indio...). Y los castigos para aquellos que volvieran con las huchas vacías o poco llenas. Podían incluso acusarte de ladrón si la recolecta no salía según sus deseos. Y las campañas de navidad, con aquella habitación llena de latas y botes de comida, de turrones, de vino, de champagne... para los pobres... (turrón del duro, para los pobres. Duro, como su vida).

Me acuerdo también de aquellos bocadillos (de la cantina) con tortilla hecha de harina y agua (cuando no se podía comer carne). Tortilla con trampa, que decía mi madre.

Recuerdo aquellas misas, aquellos confesionarios, aquel arrepentimiento y aquellas tenebrosas charlas sobre el castigo infinito que recaería sobre los pecadores. Sobre el infierno y la redención de los pecados. Sobre los purgatorios...

Para mi cabecita, aquello era lo más asfixiante. Pensar en que, si obraba mal, sería castigado para siempre, por toda la eternidad. No podía contener el vértigo de imaginar algo que no tendría nunca fin (todo niño necesita saber dónde están los límites y dónde una cosa empieza y acaba) y que además debía de ser tan doloroso (quemándonos en el fuego eterno del infierno).

También aquellos intentos de toqueteos y demás «actos cariñosos» del hermano que nos daba mecanografía y que todos odiaban (aparte de un par de raritos a los que ya les iba bien) o los sermones «franquistas» del profesor de historia (¡¡increíble!!¡¡Un facha reconocido y convencido, enseñando historia!! Su historia. La historia de los vencedores, para los vencidos). Aquellas increíbles marchas y demostraciones de fin de curso ante los padres (prietas las filas...) y el orgullo de profesores y formadores.

También recuerdo los razonamientos absurdos de algunos de aquellos «científicos de la enseñanza». Uno de ellos tenía por costumbre, cuando le preguntabas por algo que no entendías, responder: «Pues si no lo entiendes... ¡¡te compras entendederas!!» (con lo que todas las dudas se disipaban).

Todo aquello nos convirtió, a algunos, en niños muy creativos e imaginativos. ¡¡Había que huir de aquella realidad fuera como fuera!!

Pero también tengo (a pesar de todo) buenos recuerdos de aquella época. Los amigos (cuando las situaciones son duras, la amistad se refuerza), las sesiones musicales (me gustaba la música y cantar... era como un soplo de aire fresco en un ambiente tan triste y gris), los cines del sábado por la mañana (con aquellas películas históricas, que todavía recuerdo) y un profesor de historia y religión de los últimos años que aprovechaba sus horas de clase para leernos libros sobre viajes o historia y con el que teníamos una complicidad especial.

Los mayores representaban el soplo de libertad que todos ansiábamos: con sus largas melenas y sus barbas, fumando en los servicios y mirándonos por encima del hombro, hablando de chicas y de tantas cosas que todavía teníamos que descubrir.

Retratan muy bien aquel ambiente y aquellos años, dos trabajos musicales posteriores: Devocionario, un mini-lp de los Golpes Bajos y, especialmente, «Veus de lluna i celobert» de Ramón Muntaner.

Luego los «hermanos» se volvieron muy progres y el centro cambió. Se admitieron chicas y se cambiaron retratos y enseñas, para continuar siendo aquel centro «modélico» que cualquier padre desearía para sus hijos.

miércoles, 26 de marzo de 2008

Otro fragmento de la novela

Hace unos veinte días publiqué aquí un fragmento de la novela. Hoy publico otro. Ambos pertenecen a los momentos iniciales de la narración, cuando está planteándose la trama y aún no se adivina por dónde pueden ir los tiros. Porque se trata de una novela de intriga, ¿no lo había dicho? Bueno. Espero que la publicación de este fragmento sirva para afianzar las ganas que tienen algunos de que salga ya a la venta.


«No hay que subestimar al enemigo», dice Raúl Portales. Está sentado enfrente de Isabel. También para él han pasado los años —debe tener cincuenta—, pero sigue siendo un hombre fuerte y conserva la confianza en sí mismo que tenía en su juventud. «No, no hay que subestimar al otro. Muy al contrario de lo que pensara Gonzalo o de lo que piense quien sea, sólo se nos veía cuando nosotros queríamos que así fuese. Eran tácticas de intimidación que poníamos en práctica, sobre todo, al principio de cada temporada. Si de ese modo conseguíamos que los delincuentes decidiesen ir a otra parte a tocar las narices, mejor para todos. Y dejémonos de cuentos, porque el grupo de Gonzalo y los otros bailaba muy a menudo entre lo decente y el delito y, por lo tanto, tenía que aparecer en la lista negra del sargento Zafra, o el Turco, vaya, como sabíamos que le llamaban en la calle». Raúl enciende un cigarrillo y, después de echar el humo, espera un segundo y sigue hablando. «Yo estaba entonces a sus órdenes. El sargento era el prototipo del policía franquista fuera de contexto. Porque Franco había muerto, pero las secuelas de su manera de poner orden en todo esto se quedaron con nosotros durante unos años. Algunas veces estuve a punto de decirle: “Mi sargento, déjelo: Franco ha muerto y el mundo es otro”, pero creo que no me habría entendido. Una vez me enseñó una especie de calendario de bolsillo que llevaba impresa la foto de Franco en su ataúd, la bandera haciendo ángulo y un escrito al lado: “Señores demócratas: este hombre fue honrado, gobernó España infinitamente mejor que ustedes y murió en la cama”. Algo así. El sargento era amigo de estas cosas. Le gustaban los llaveros con la cara de Primo de Rivera, las botellas de vino etiquetadas a la memoria del generalísimo, todo ese follón de objetos patrióticos que por aquellas fechas se pusieron a la venta como si fuesen las reliquias de los santos. Y por supuesto no era el único al que le iba esa tendencia en la comisaría. Pero yo era mucho más joven que él y pertenecía a una nueva generación, sin tanto pasado donde mirar y, en consecuencia, sin rencores. Por eso chocábamos de vez en cuando. El Turco todavía creía que el delincuente llevaba escrito el delito en la cara, que todo lo que salía de lo normal estaba causado por las drogas y sí, es verdad, Gonzalo y los otros le molestaban. Sabíamos que eran consumidores ocasionales de drogas, un poco gamberros, bastante juerguistas y algo rojillos, pero el país estaba lleno de consumidores ocasionales de drogas, de gamberros, de juerguistas y de rojillos. ¿Por qué se fijó el sargento precisamente en ellos? Nunca me lo dijo. Se lo pregunté un día en que íbamos tras unos pájaros realmente peligrosos, vimos por casualidad a Julio y Antonio con sus pintas de costumbre y el sargento ordenó que parásemos y que les cacheáramos “por si acaso”. Le dije: “Mi sargento, nos estamos equivocando de sospechosos”. Me fulminó con la mirada, no tuvimos más remedio que cumplir la orden y, por supuesto, perdimos la pista de los otros, los realmente peligrosos, que tuvieron tiempo y escaparon. Sí: el sargento tenía una especie de obsesión con esos muchachos. Y creo que no era sólo porque fuesen unos drogadictos y unos rojos. Ya he dicho que había muchos de ésos por ahí. La cuestión estaba en que eran unos rojos y unos drogadictos y, además, lo iban diciendo a gritos. Creo que ésa era la clave, lo que el sargento no podía soportar». Raúl hace una pausa para pensar. Luego continúa hablando. «Cada año, poco antes de las vacaciones de la semana santa, el sargento organizaba una serie de operaciones de limpieza que agrupábamos bajo el nombre de Campaña de Primavera. Era por el turismo, claro. La nuestra era una ciudad de verano, de cartón y pegamento, de muchas luces cuando estaba a tope y casi abandonada durante los meses de invierno. Por eso en invierno nos dedicábamos a otros asuntos y, cuando se acercaba el verano, dábamos unas batidas y dejábamos limpio el horizonte para los turistas. ¿Quién recibía sobre todo en esas operaciones de limpieza pura y dura? Los más estrafalarios, claro, y los pintas y los que pudieran estorbar en la fotografía de recuerdo aunque no se hubiesen metido con nadie. O sea que los tipos como Gonzalo, Isabel, Julio y Antonio tenían todos los números, porque aparte de dar la nota con sus pelos de punta y sus cazadoras de cuero, sí se metían con la gente. O vacilaban al personal, vaya, que viene a ser lo mismo». Fuma otra vez y continúa. «Pero recuerdo que en 1980 no hubo Campaña de Primavera. El sargento tuvo que ausentarse por motivos personales y no quiso delegar en nadie. Estuvo fuera bastante tiempo y, cuando volvió, encontró su ciudad hirviendo de turistas que, a su entender, le estaban reprochando que permitiese ir por la calle a espantajos como Gonzalo. Por eso perdió los papeles. Quiso demostrar que había vuelto y, en su empeño de dejarlo bien claro, se pasó de rosca y puso en movimiento a todo el mundo, dio órdenes de locos, confundió a las patrullas y llegaron a encontrarse dos de ellas en el mismo lugar, nada menos que en el bar Colores. Lo nunca visto. Yo no viví el incidente porque tenía otras cosas que hacer, pero me lo contaron los compañeros. De risa. Sí, estuve riéndome una hora. Pero aumentó la tensión. Porque el sargento estaba seguro de haberse convertido en el hazmerreír de la tarde y, claro, no iba a perdonarlo. Se lo vi en los ojos al día siguiente, cuando dijo sin venir a cuento: “Se van a enterar esos cabrones”. No dijo a quién se había referido ni me atreví a preguntárselo, pero supe que hablaba de Gonzalo y de Julio. No de Manuel, con quien tenía un trato distinto porque, bueno, sólo era un delincuente como tantos otros. A Manuel le importaban un carajo las ideologías y las banderas y, además, no estaba jugando a ser delincuente: lo era. Pues bueno. El sargento dijo “se van a enterar esos cabrones” y yo entendí que hablaba de Gonzalo y Julio. Pero no hizo nada porque alguien se le adelantó».

lunes, 24 de marzo de 2008

Textos Libres. Lluis (5)

La verdad es que no sé si abrir una etiqueta en el blog que se llame «Lluis». El tío está que no para, y hace bien. En esta ocasión habla de la música, tan presente y necesaria para todos los que pertenecemos a la Generación Inexistente. stsl duien recuerda "El conociYa dijimos que quien quiera puede contar sus experiencias durante la Transición y publicarlas en este blog. Basta con enviar el escrito a: cgalianoroyo@gmail.com.


No sé si alguno de los que estáis leyendo estas líneas habéis visto la película «El mapa del mundo» (con música, por cierto, del gran Patt Metheny). Trata de una mujer a la que una serie de acusaciones falsas dan un vuelco a su vida y todo se le transforma. Cuando lo soluciona (ya al final de la película y después de muchas penalidades e injusticias), reflexiona sobre su «mapa del mundo», aquello que forma nuestras experiencias, vivencias y, en definitiva, nuestra vida. En mi propio mapa del mundo, aparte de toda la gente a la que he conocido y todos los buenos y malos momentos vividos (al final no creo que borrara nada de ese mapa, porque todo me pertenece), tiene un papel principal «La música», omnipresente en mi vida, banda sonora de mis experiencias, de mis alegrías y mis penas.

El primer recuerdo musical que tengo es el de mi madre (como muchas otras madres de nuestra generación) cantando en casa aquellas canciones «antiguas» sobre amores y desamores mientras se ocupaba de «sus labores» (eso que tanto les gusta a los del PP). Mi madre tenía muy buena voz, entonaba como una profesional y, a pesar de que ninguno de sus hijos siguió el camino de la música, su influencia en nosotros (y especialmente en mí) fue primordial para mi desarrollo posterior.

También recuerdo a mi abuelo y aquellos discos gruesos de gramófono. Sus zarzuelas (con aquellas fundas de papel de colores) y la música clásica. La música francesa de mi abuela (al igual que sus lecturas en francés, antes de que el inglés se convirtiera en el único idioma del mundo). Las cantantes clásicas con sus grandes voces y su deje de pronunciación, que a mí me parecía tan gracioso.

Recuerdo también los discos sencillos de vinilo que guardaban mis padres en aquel armario del comedor. Los Tres Sudamericanos y todos aquellos grupos y solistas de la época. La vida, entonces (se dice mucho y, en realidad, daba esa sensación) era como en blanco y negro. Será por las fotos o por la televisión, cuando llegó... o por lo triste (de alguna manera) que era todo por aquel entonces (no les quedaba mucha alegría a los que vivieron la guerra y la posterior represión franquista). Recuerdo ahora la casa de mis abuelos, que era como un museo. Juguetes de lata, muñecos de plomo, cómics de «Flechas y Pelayos» (con aquellas tapas rojas con las que mis abuelos los habían encuadernado y que rompían con el «azul» de los contenidos). Aquel papel deteriorado por el paso de los años, aquellas publicaciones rancias, aquellos contenidos impensables (especialmente los dirigidos a niños y mujeres). Y también, más adelante en el tiempo, aquellas revistas francesas con aquellas fotos a color que parecían pintadas a mano, donde descubrí, por primera vez, la atracción sexual (mirando a aquellas mujeres con poca ropa).

También recuerdo los discos de Capri (el primer monologuista que recuerdo y, además, en catalán), cuando nos sentábamos en el comedor de mi casa con mis padres y hermanos a escucharlo, sin parar de reír (hablando del Seiscientos, de los viajes, de la playa...).

Luego vendría la música que escuchaba mi hermano mayor y que yo absorbía como una esponja (siempre he escuchado toda la música que ha caído en mis manos, de todos los estilos, quedándome finalmente con lo que me gustaba). Los primeros discos de los Beatles, El «Sopa de cabeza de Cabra» de los Rollings, El glam-rock de Gary Glitter, T- Rex, Slade o David Bowie (este último me marcó especialmente y estuvo en mi vida para siempre), los Moody Blues o los cantautores como W. Guthrie, Bob dylan, Joan Baez, Leonard Cohen, Simon and Garfunkle o Donovan.

Con el paso del tiempo fui descubriendo, en casa de los abuelos, otros cómics que guardaban, con historietas de los maestros Emilio Freixas o Blasco, del Gran Mingote o de Hal Foster, entre otros (¡qué descubrimientos aquellos!).

Más tarde, hacia el final de franquismo, mis hermanos mayores me aleccionaron con músicas prohibidas, perseguidas, censuradas (solo por eso motivo, tenían que tener algo de bueno), de cantautores catalanes (Llach, Pi de la Serra, Raimón, Ovidi Montllor y posteriormente Mª del Mar Bonet, Coses o Ramón Muntaner) o de otros lugares de la geografía nacional (Paco Ibáñez, Patxi Andión, Elisa Serna, Pablo Guerrero, Luis Pastor, Labordeta, L. Eduardo Aute y otros como La Bullonera o Joaquin Carbonell), de Cuba (Silvio Rodríguez, Pablo Milanés...), de Chile (Quilapayún, Víctor Jara, Violeta Parra...), de Occitania (Martí)... Todo aquello combinado con la inofensiva música progresiva: Yes, Genesis, Pink Floyd, E,L & P, King Crimson, Gong o posteriormente , ya en la Transición, Camel o los catalanes Gotic. Horas y horas de música para una banda sonora que acompañaba la evolución de un régimen totalitario hacia la Democracia.

Recuerdo también la revista TRINCA, con un contenido bastante mediocre pero con unos dibujantes espectaculares: Ventura y Nieto (Es que van como locos), Hernández Palacios (Manos Kelly, el Cid...), Esteban Maroto y tantos otros y la música de LA TRINCA (un grupo de Canet de Mar que mezclaba músicas diversas con textos realmente divertidos y críticos y una puesta en escena espectacular... hoy convertidos en los dueños y señores de una de las mayores productoras del país).

Y después toda la movida de los 80 (y de algunos años anteriores). Bandas de Madrid (Leño, Coz, Union Pacific, Asfalto, Burning y Mariscal Romero...), de Andalucía (Triana, Medina Azahara...), de Cataluña (Companyia electrica Dharma, Secta Sonica, Pau Riba, Sisa...). Descubriendo, con los primeros aires de libertad, aquellos grupos tan cercanos y de tanta calidad. Si tuviéramos que concentrar toda la música que escuchamos, necesitaríamos dos vidas enteras. Leyendo historietas de los personajes de la Marvel (ahora tan famosos), aquellos libritos en blanco y negro sobre personajes con poderes y chicas espectaculares: El Capitán América, El Hombre de Hierro, Thor, Namor, Los Cuatro Fantásticos, Spiderman... al lado de cómics del gran maestro Ibáñez o de Quino (con su Mafalda), con música Heavy de fondo: Deep Purple, Led Zeepelin...

Luego vino el trancazo del Punk que lo cambió todo (sobre todo y más que nada, a nivel musical): Sex Pistols, Jam, The Clash, Stranglers. También nosotros nos volvimos más salvajes, más incontrolables, más duros, más broncas (para sobrevivir en un ambiente plagadito de peleas y de movidas). Los Kaka de Luxe, Alaska, Ramoncín, Siniestro Total, Las Vulpes...

Y después del Punk las cosas fueron volviendo a la normalidad (o no). Llegó la New Age y algunos de los mejores grupos de los 80. Cambiaron las modas y también los comportamientos con música de Ultravox, Devo, U2, The Cure, Simple Minds, Elvis Costello, Talking Heads , y posteriormente los grupos de guitarras como Smiths, Red Guitars, Lost Love Ones, Sisters of Mercy... Y toda la música nacional de Nacha Pop, Secretos, Parálisis Permanente, Golpes Bajos...

Aquella época fue insuperable, nunca ha habido tantas bandas y de tanta calidad, tantos conciertos, tantas publicaciones, tanto cómic (1984, TOTEM, Metal Hurlant...). Después de tantos años de escuchar tanto rock y tanto pop y de pincharlo en la emisora de radio en la que colaboré durante muchos años (porque ,de hecho, un locutor de radio o un crítico musical no es más que un músico frustrado que, al igual que un pintor que no pinta nada propio y solo copia, emula a los músicos que no pudo ser y, en lugar de interpretar, presenta y reproduce aquella piezas musicales haciéndolas propias por unos momentos, opinando sobre ellas y ofreciéndolas a sus oyentes), me decanté por la música New Age (la música instrumental contemporánea) y otros devaneos a pesar de que, en la actualidad, he vuelto a toda aquella música y a escuchar potentes bandas actuales como Simple Plan, Fall out boy o Avril Lavigne, entre otros muchos. Porque siempre hay que estar abierto a escuchar todo aquello que podamos y que nuestro mapa del mundo tenga una variada y amplia banda sonora.

Recordar aquí, ya por último, la música clásica de Kike (Strawinski, Bach, Ravel, Debussy...) que él me enseñó a entender y a comparar con toda la música popular.

jueves, 20 de marzo de 2008

Las Bandas


Aunque de un modo anecdótico y como apoyo a unos textos que trataban otros asuntos, a menudo se ha hablado en este blog de las bandas de delincuentes que se enseñoreaban de ciertos barrios durante la Transición. Sin embargo, creo que tales bandas deben tener un espacio aparte. Existieron. Y estaban mucho más presentes de lo que creen algunos.

En la novela hay un episodio protagonizado por dos o tres miembros de una de las bandas de entonces, Los Calaveras. Los hechos que narro, convenientemente adaptados al argumento de la novela, sucedieron casi como lo cuento. Fue en la Discoteca Hilarios, en Salou, y pudo acabar en un baño de sangre. Naturalmente, no voy a desvelar aquí todo ese asunto. Tendréis que esperar los veinte o veinticinco días que faltan para que se publique el libro. Pero sí puedo hablar del aspecto que tenían los miembros de las bandas, casi siempre dotados de algún distintivo o alguna enseña para identificarse. Por ejemplo, Los Calaveras llevaban una calavera con dos tibias cruzadas en la espalda de sus camisetas o sus cazadoras tejanas. Qué originales, ¿verdad? Bueno, por algo eran pandilleros y no Doctores Honoris Causa. Y además, a ver quién era el guapo con cojones para acercarse y decirles que eran unos tíos sin imaginación. La segunda noche que se presentaron en la discoteca Hilarios eran más de medio centenar.

La banda de La Moneda actuaba cerca del instituto donde yo iba a estudiar. O a suspender, vaya, pero eso ahora no viene a cuento. Se les reconocía por su aspecto inconfundible de macarras de barrio —pelo largo, ropa ceñida y el inevitable peine en el bolsillo trasero— y por llevar monedas de dos reales cosidas al cinturón. Eso era fácil de hacer porque aquellas monedas, al igual que las posteriores de veinticinco pesetas, tenían un agujero en el centro. Lo del peine tenía mandanga. Ignoré que el peine pudiera tener dos usos hasta el día en que vi cómo dos tipos se enfrentaron esgrimiendo los peines como si fuesen navajas. Se derramó la misma sangre que si lo hubieran sido.

Y como apunte final, para demostrar que las bandas estaban en boca de todos, voy a contar una anécdota. Acostumbrábamos a reunirnos en la discoteca Hilarios que, en la novela, se llama La Pista. Era un local muy especial. Allí acudíamos los miembros de todas las tribus, los que detestábamos las discotecas tradicionales y concebíamos la música como un fin y no como un medio para ligar. En Hilarios había punks, pops, skás, mods, pijos rebeldes, mariconas exageradas, tíos realmente peligrosos, traficantes y muchos más elementos de la noche urbana. Unos llevaban los pelos de colores, otros tenían las chupas llenas de chapas, otros iban rapados y otros, bueno, yo qué sé. El caso es que nos llevábamos bien o, al menos, nos soportábamos. Hilarios era el reducto de los marginados, de los chalaos y de los amantes de las cosas raras. Pues bien. Un día dijeron que iban a cerrar durante un mes para hacer obras. La gente se horrorizó. ¿Y dónde vamos a ir mientras tanto, si no hay un lugar que pueda aceptarnos?, nos preguntábamos. No sé quién dijo que sabía de una discoteca donde apenas iba nadie y que, por lo tanto, se alegrarían de ver a tanta gente de golpe. Era una discoteca como las demás, con clientes normales que iban a bailar normalmente y a beberse unos cubatas normales. En seguida se corrió la voz y, cuando cerró Hilarios, fuimos todos a la mencionada discoteca. Total, unos cien individuos. Recuerdo que el portero del local no entendía nada. Estaban llegando, de golpe, docenas de tíos raros que, por otra parte, se dejaban una pasta gansa en la barra y no se metían con nadie. Claro que tampoco se metió nadie con nosotros. Lo cierto es que no había por qué, aunque quizás hubiese otra razón. El primer día, cuando unos amigos y yo pasamos junto a unos clientes habituales, oí que uno de ellos decía en voz baja:

—¡Joder! ¡Vaya banda!

(El dibujo es de Forges)

martes, 18 de marzo de 2008

Los lugares de ocio

Con la muerte de Franco no empezó otra época por las buenas. La llamada Transición, que en sí ya fue una época, necesitó su tiempo para afirmarse como tal y, lógicamente, al principio se compuso de los coletazos de la etapa anterior. Algunos hábitos de los últimos días del franquismo, que curiosamente ahora censuraríamos por ser excesivamente liberales, sobrevivieron durante una temporada. Por ejemplo, no sé si ahora sucede, pero aún no teníamos quince años y ya entrábamos en las discotecas, nos atizábamos un vodka con naranja y nos poníamos hasta las narices de fumar sin que nadie se escandalizara. De vez en cuando se corría el rumor de que habían entrado dos tíos de la secreta y nos ocultábamos entre otros grupos de muchachos que, aunque fuesen mayores que nosotros, tampoco tenían la edad. No recuerdo, por cierto, si la mayoría de edad estaba en los 18 ó en los 21, pero da igual. Era evidente que la mayor parte de la clientela de aquellas discotecas no daba la talla.

En aquellas salas de baile había peleas a menudo. Creo que mucho más a menudo que ahora. Y en honor a la verdad he de decir que nunca, absolutamente nunca, se producían a causa del alcohol. Nadie iba bebido a la hora de las bofetadas. Y vuelvo a decir algo que ya he dicho muchas veces. Ya sabemos que el alcohol es malo, pero en muchas ocasiones no es el culpable de los altercados o las peleas. Si la gente se pelea es porque lleva eso en su naturaleza.

Donde las peleas también estaban a la orden del día era en los autos de choque. Quizás no tanto como en las discotecas, pero las pistas de autos de choque eran lugares muy frecuentados por las bandas. No sé por qué, los grupos de pandilleros ocupaban las esquinas de las pistas y se liaban a guantazos con cualquiera a la mínima ocasión, amén de bacilar al personal y de fumar al estilo de los gángsters de las películas. A mí me dejaban en paz. Debían creer que yo era de la casa, supongo, porque me veían por allí a cualquier hora y nunca se metieron conmigo. No en vano el dueño de las atracciones era cliente de mi padre y le daba invitaciones para los coches a paladas. Yo siempre tenía docenas de fichas en los bolsillos. Ahora, sin embargo, los autos de choque ya no tienen un significado propio, ya no seducen a los tíos duros ni las bandas de matones se dan cita en sus alrededores. Son una atracción más, como la noria o el tren de la bruja.

Pero los lugares de ocio más frecuentados por los jóvenes de entonces eran las míticas salas de juegos. Allí nos encontrábamos los estudiantes, los trabajadores y, por supuesto, los macarrillas de turno. Eran locales esencialmente masculinos. Rara vez entraba alguna chica y, si lo hacía, había un no sé qué en el aire que impedía que los habituales se comportasen como de costumbre. En todo caso, jamás vi que entrase una chica sola.

A mí me gustaban las salas de juegos donde hubiera flipers o futbolines. Los flipers, las máquinas del millón, me permitían pasar toda la tarde del sábado con un par de monedas. Llegaba, jugaba un poco, hacía diez partidas gratis y las vendía. Luego repetía la operación con otra máquina. Mientras tanto, sonaban por los altavoces las más horrendas canciones de moda. Para eso estaban aquellas máquinas de discos, que hoy tampoco existen. No había walkmans ni mp3, claro. Nadie llevaba la música encima.

Y nos quedan por mencionar las salas de billares, que también eran lugares de atracción para las bandas, si bien sólo para las de tupé y cierto estilo. No se trataba, ni mucho menos, de la misma clientela que acudía a las salas de juegos de los flipers. Para entrar en los billares había que pertenecer a la tribu. A mí no me gustaban mucho. Recuerdo que los del tupé se pasaban la tarde mirándose unos a otros con gestos agresivos mientras le daban al taco con un estilo propio de los barrios de Nueva York. Yo prefería jugar al fliper y que me dejaran en paz. Y sigo prefiriéndolo. Pero ya no hay flipers. Ni salas de juegos. Ni tíos con tupé.

(Sigue en Las bandas)