viernes, 14 de marzo de 2008

Textos Libres. Mar y César

Otro texto de Mar nos habla de la realidad de los coches de entonces. Lo cierto es que me ha ayudado a recordar y, después de su texto, he añadido algo de mi cosecha. Ya dijimos que quien quiera puede contar sus experiencias durante la Transición y publicarlas en este blog. Basta con enviar el escrito a: cgalianoroyo@gmail.com.


Lluis me ha hecho recordar a unos protagonistas absolutos de la Transición y grandes olvidados: ¡Los coches!

Eran horribles, se calaban todo el rato, se les abrían las puertas cuando daban la vuelta a una plaza y no corrían nada; ahora, eso sí, cabíamos tropecientos mil dentro en su interior.

¡Ah! qué tiempos aquellos en los que no había que ponerse el cinturón de seguridad y podíamos ir en el asiento del copiloto con los pies descalzos encima del salpicadero moviéndolos al ritmo de la música del radiocasete. Los coches eran como guaridas. Algo así como los «clubs ingleses» pero en más pequeño, en más cochambroso y sin ser «clubs» ni ser «ingleses». Menudas reuniones nos pegábamos dentro de ellos, cuando nos echaban de los locales o simplemente cuando no teníamos ni un duro para meternos en ningún sitio.

Y se podía fumar. Las tapicerías estaban siempre llenas de agujeros.

Y no teníamos reposacabezas ni aire acondicionado, pero sobrevivíamos muy bien. Éramos una generación dura.


Como he dicho al principio, yo también recuerdo los coches de entonces. Cojo el relevo y sigo.


Supongo que, a causa del precio, el Dos Caballos era uno de los coches más utilizados por los jóvenes. Era un vehículo simpático, pequeñito y descapotable: el coche de la gente cachonda. No corría mucho, desde luego, pero el traqueteo, todos aquellos ruidos y el viento que se colaba por todas partes hacían que pareciese volar sobre el asfalto. «¿A cuánto vamos?», decía el pasajero de turno al comprobar que el vehículo se tambaleaba con el viento y la velocidad. «A sesenta». «¡Uuuuf! ¡Qué bárbaro!». Tampoco tenía casete de serie. De hecho, me parece que ningún coche lo llevaba y cada cual se las componía para escuchar música a su manera. Tenía, eso sí, una barra de hierro bajo el asiento de atrás que se las hacía pasar canutas al viajero que tuviese que ir en medio. Porque el coche estaba hecho para cuatro personas, pero eso no impedía que a veces nos montásemos todos los amigos, los amigos de los amigos, los amigos de los amigos de los amigos y algún tío a quien no conocía nadie.

No sé por qué, a la mayor parte de vehículos en los que viajé por aquel entonces les fallaba algo. Los coches que llevan ahora los jóvenes son muy distintos. Para empezar, brillan, nunca se les acaba la gasolina y rara vez llevan un destornillador clavado entre la ventanilla y la puerta para que no baje el cristal con los baches. Creo que la diferencia está en que nuestros coches eran un medio que nos servía para ir de un sitio a otro y los coches de ahora son un fin en sí mismos. No hay quien dude de que el trato privilegiado que los jóvenes actuales dan a sus coches convierte a éstos en unos vehículos aburridísimos. Recuerdo el día en que mi hermano mayor compró un Seiscientos de segunda mano, su primer coche. La puerta del copiloto se abría en cada curva —como antes decía Mar—, la ventanilla del conductor tenía vida propia y subía y bajaba a su antojo, el cenicero de delante saltó de su sitio por sí mismo y sólo funcionaba un limpiaparabrisas, que además era el del copiloto y, por lo tanto, no servía para maldita la cosa. No obstante, cuando acabamos de dar el paseo de prueba, me dijo mi hermano: «Mola, ¿eh?».

Mi amigo Tomás tenía un Mil Cuatrocientos Treinta familiar que iba dejando tras de sí las innumerables piezas de las que estaba compuesto el motor. De vez en cuando oíamos un ruido, yendo en marcha, y era un pedazo de hierro humeante que se había desprendido del motor y se había quedado en la carretera. No sé cuántas piezas pudo perder el vehículo durante años, pero nunca se paró por las buenas. Sólo lo hizo cuando se le rompió el eje delantero o en otras situaciones de calibre semejante.

Y mi otro hermano tenía la costumbre de quedarse SIEMPRE sin gasolina. Tras el Dos Caballos de rigor se compró un Ochocientos Cincuenta. Recuerdo que en un par de ocasiones nos quedamos sin gasolina en la carretera, con el consiguiente follón al no existir entonces los móviles ni nada de eso. Pero el caso más divertido ocurrió en Barcelona. Nos quedamos sin gasolina en una de esas calles que son exactamente iguales a todas las demás. Dijo mi hermano: «¡Ajajá! ¡Suerte que soy un tío previsor! Tengo media lata de gasolina en el maletero. Eso nos servirá para llegar a una gasolinera». Bajamos del coche, comprobamos que llevábamos la media lata que, en realidad, era bastante menos, echamos la gasolina y partimos en busca de una gasolinera. Al cabo de cinco minutos volvió a acabarse la gasolina. «¡Vaya!», dijo mi hermano, «La próxima vez guardaré más en la lata». Bajamos del coche, empezamos a andar por esas calles y, al cabo del rato, encontramos una gasolinera; llenamos la lata y, cuando quisimos volver al coche, no hubo manera: No recordábamos dónde lo habíamos dejado. Hoy en día, con el GPS, no nos habría pasado. ¡Qué aburrimiento!

miércoles, 12 de marzo de 2008

La Transición y los complejos

El estudio de la Transición está tan edulcorado y tiene tantas lagunas que es casi imposible hacerse una idea de lo que realmente ocurrió. Ya lo hemos dicho muchas veces. Si se trató de la época más ejemplar de nuestra historia reciente, ¿cómo se explican tantas huelgas, tanta inseguridad, aquel terrorismo imparable y la constante amenaza de un golpe de Estado que, por cierto, dejó de ser amenaza y se convirtió en realidad? Para comprenderlo debemos tener en cuenta unos cuantos factores que han ocultado hasta ahora todas las fuentes de información. Algunos de ellos ya están tratados en este blog: el ambiente general, la calle, los cómics, el nacimiento del punk, la música y la Movida. Pero hay otros, sin duda, y uno de ellos tiene que ver con el complejo de inferioridad que teníamos los españoles respecto al resto de ciudadanos de Europa.

Acabábamos de salir del franquismo. Y no es que el pueblo venciera por goleada al sistema, qué va. Simplemente lo dejamos atrás porque así lo quisieron los gobernantes. Éramos un pueblo atrasado y cutre. Los europeos tenían la imagen del español desdentado y con las uñas sucias que, por cuatro duros, se ponía a bailar flamenco o a dar pases de pecho con el mantel a cuadros de la cocina. Y la verdad es que había bastante de eso. Los españoles lo sabíamos y, quizás por la costumbre de haber vivido decenios con ese peso a la espalda, no renunciábamos a ser los hijos bastardos de Europa. Creo que hasta nos gustaba jugar a serlo. Era nuestro papel.

Aún no habían terminado, por ejemplo, las excursiones al sur de Francia para ver películas verdes. Las colas interminables ante la aduana andorrana denunciaban, bien a las claras, la carencia de algunos productos alimenticios o tecnológicos en nuestras tierras. ¿Qué puede pensarse de un país cuyos habitantes hacen colas quilométricas para comprar mantequilla? Vivíamos en el pasado, agobiados por una leyenda que, poco o mucho, habíamos alimentado nosotros mismos. Todo lo que hacían los extranjeros estaba bien y lo nuestro no valía nada. Ningún español era capaz de cuestionar la calidad de una radio japonesa, pongamos por caso, de un traje italiano o de un queso francés. La ignorancia estaba a la orden del día. Se votó la Constitución, por ejemplo, sin que nadie supiera qué era ni para qué servía. Pero los países adelantados tenían Constitución y eso era suficiente para decir que sí, que queríamos una. Aún hoy nos asombraría la cantidad de gente que vota en las elecciones y no sabe qué es el Senado.

Y, mientras tanto, venían los extranjeros a nuestras playas con aires de superioridad y unos billetes que habían ganado currando como cabrones durante once meses al año. No les sobraba el dinero precisamente, pero a nosotros nos parecía que nadaban en oro. A veces llevaban la prepotencia al extremo y nos rebotábamos. Recuerdo una ocasión en que tres camareros de aquí pusieron en fuga a una docena de guiris borrachos a puñetazos. Pero era raro que sucedieran esas cosas. Por lo general, la gente aceptaba que los extranjeros se comportaran como si fueran más que nosotros. Ahora sabemos, no sólo que no nos llevan ventaja en nada, sino que probablemente vivimos mucho mejor que ellos. Pero entonces no lo sabíamos.

Esa situación, como digo, aumentó un complejo de inferioridad que ya teníamos y que, por suerte, ha desaparecido. No debe ser fácil que un joven de nuestros días pueda comprender aquella mentalidad. Pero la teníamos. Por eso creo que, en parte, ese supuesto gran triunfo del pueblo español durante la Transición necesitaba que nadie hablase de nuestras miserias. Sin embargo, creo que los que vivimos aquello podemos recordar, con bastante precisión, docenas de ejemplos de la diferencia abismal que había entre nosotros… y el resto del mundo.

viernes, 7 de marzo de 2008

Textos Libres. Lluis (4)

Desde que se inventó, la Radio ha sido sinónimo de libertad. Gracias a ella se han expresado generaciones enteras, se han difundido algunas informaciones vetadas por los demás medios, se han alentado las insurrecciones e incluso se han evitado los golpes de Estado. Lluis nos cuenta su participación en una de aquellas radios que escuchábamos los jóvenes de entonces. Y es que por aquellos años había un abismo entra las generaciones. Las radios libres estaban en nuestro terreno, hablaban de nuestros problemas y permitían que algún despistado se diese cuenta de que el mundo tenía muchos colores. Ya dijimos que quien quiera puede contar sus experiencias durante la Transición y publicarlas en este blog. Basta con enviar el escrito a: cgalianoroyo@gmail.com


No todo fue maravilloso en aquella época. Ni tampoco todo fue horrible. Vivimos, como en todas las épocas, momentos buenos y momentos malos, pero el hecho de no tener la libertad que deseábamos nos hacía ser más «combativos» y menos dóciles. A muchos de nosotros nos unía una común y gran capacidad creativa. Implicados, quien más quien menos, en un sinfín de proyectos (inútiles para algunos, aunque altamente satisfactorios para nosotros).

Como ya he dicho, tantas limitaciones, tanta represión, no pudieron con nuestras ansias de demostrar lo que éramos, lo que queríamos y de lo que éramos capaces (en cierta manera también para superar una cierta etiqueta de «pasotas» cuando se nos comparaba con las «luchadoras» generaciones anteriores). Éramos muy sensibles a no aceptar nada que nos limitara, que no nos permitiera expresarnos libremente y a nuestro modo (que, evidentemente, no era el mismo que el de nuestros hermanos mayores). Creo que se trataba de una opción personal, más autónoma. Conseguir la libertad del todo, luchando con intensidad por la de la parte (por la que nos tocaba a nosotros). Y eso no era «pasar de todo». Era todo lo contrario... ir a por todas.

Entre nosotros mucha gente andaba metida en muchas actividades creativas: grupos musicales, fanzines, radios, cómics, teatro amateur, fotografía, poesía, creación artística diversa...

La abuela de uno de mis mejores amigos de entonces, Rafa, decía siempre que yo tenía voz de locutor de radio. Fue Rafa, precisamente, el que me convenció (a pesar de la vergüenza que me daba... dichosa timidez) para entrar en RMC, una emisora que se estaba creando en nuestra ciudad.

En realidad era, más que nada, una asociación de amigos unidos por la necesidad de expresarse y de hacer cosas diferentes, rompiendo los moldes establecidos de la radio de «siempre». Recuerdo la primera sintonía de nuestro primer programa nocturno: un curiosísimo tema de Flying Lizards (Lagartos Voladores): Mandeley Song. Recuerdo aquellas tardes de trabajo en los guiones (textos literarios sacados de libros que nos gustaban y que iban del Señor de los Anillos al Ulises de Joyce, pasando por Pablo Neruda o Julio Cortázar y llegando a Alfred Jarry o Quim Monzó); seleccionando la música para acompañar a las palabras en aquel pequeño estudio aislado al estilo casero (con cajas de huevos pintadas), lleno de humo y botellas de cerveza.

Era una radio «Libre», una radio «prohibida»; y estar allí, por lo menos, era emocionante (y más siendo, como éramos, menores de edad la mayoría de nosotros). No éramos, evidentemente, profesionales; pero nos entregábamos como si lo fuéramos, emulando a nuestros ídolos de Radio 3: Jesús Ordovás, Rafael Abitbol. Diego A. Manrique…

Y al programa iba quien quería y tuviera algo que expresar: a leernos una poesía, expresar una opinión con absoluta libertad, organizar una tertulia junto a unos amigos, cantar una canción con una guitarra acústica, leer un texto propio, publicitar la salida de un fanzine o anunciar un concierto de rock...

Entre aquellas cuatro paredes, en un ambiente tan bohemio, por unas horas nos sentíamos (y creo que lo éramos) realmente libres. Libres de nuestras opiniones y receptores y altavoces de las de los demás.

La policía localizaba nuestra señal y, a menudo, se presentaban en la radio para interrumpir las emisiones y echarnos del local. Nosotros no éramos como «Radio Pica» de Barcelona, que emitía desde un vehículo para no poder ser localizada. Si eso ocurría, tras discutir y cabrearnos, cerrábamos... pero regresábamos al día siguiente o en cuanto podíamos (no siempre era tan fácil) para continuar emitiendo. En alguna ocasión, la policía (asqueada de que no les hiciéramos ni el más mínimo caso) precintó el local e incluso en una ocasión decomisó todo el equipo y parte del material musical para evitar que continuáramos. En esos casos estábamos un corto periodo de tiempo sin emisión, buscábamos un nuevo local y empezábamos de nuevo.

Durante muchos años, y hasta que la emisora se normalizó, hicimos realidad nuestros sueños de mantener viva una de las pocas emisoras libres de nuestro país, haciendo además realidad un deseo compartido por mucha gente de nuestra ciudad (disponer de un medio no manipulado ni política ni económicamente por nadie y regido como un colectivo cultural).

Siempre recordaré a todos los que ayudaron a mantener vivo (contra viento y marea) aquel sueño; especialmente a Rafa, a Marià, a Marisé, a Jordi B., a la gente del Popola...

Un sueño que hoy sigue vivo, a pesar de no tener nada que ver con el de entonces. Un sueño que hoy, ya institucionalizado, continúa luchando por ser «diferente».

miércoles, 5 de marzo de 2008

Un fragmento de la novela

Ayer me enviaron las pruebas de maquetación de la novela para que diese el visto bueno. Aún hay que pulir algunos detalles, pero están dentro de lo razonable y parece que dentro de poco tendremos el libo entre las manos. Creo llegado el momento, entonces, de dar un adelanto. Os ofrezco la lectura de un fragmento que pertenece al primer capítulo. Ahí va.


Andrés llevó barbas de izquierdoso durante años y, poco a poco, inundó de chapas las solapas de una gabardina que le prestaron y que llevó también durante años. Ahora está casado, trabaja donde puede y se dedica a observar cómo es el mundo que un día tendrá que dejar a sus hijos. Piensa un poco y después dice: «Desde luego, estaba todo muy mal. Por las mañanas, los bares estaban llenos de jóvenes como nosotros que buscaban empleo en los periódicos. Daba igual lo que dijese el gobierno, porque no había trabajo ni había porvenir a corto plazo ni había nada. Y sí había, por ejemplo, terrorismo. Había a patadas. Terrorismo de derechas y de izquierdas, para dar y vender: la eta, el grapo, la Triple a, el Batallón del no sé qué y la madre que los parió. Hasta la fecha, los que habíamos sido educados por curas franquistas sólo sabíamos relacionar el terrorismo con las izquierdas. Eso nos enseñaron. Pero la democracia aportó nuevos puntos de vista y, así, recuerdo un artículo de una revista que me abrió los ojos. Decía que el terrorismo era un método y que, por lo tanto, no podía ser algo propio de la derecha o de la izquierda. En todo caso, da igual. La gente todavía creía que era posible resolver los problemas a estacazos, como si no hubiese cambiado nada desde la guerra civil y bastasen dos brazos y un par de güevos para enfrentarse a un ejército. Eso, en cuanto a lo que se respiraba en la calle. Porque, mientras tanto, en los despachos de algunos generalazos iba tomando forma la amenaza de un golpe de Estado. O sea que sí, vaya, que estábamos en el paraíso.

»Conocí a Julio en uno de esos bares mañaneros de cafés con leche y jóvenes buscando empleo en los periódicos. Yo era uno de ellos. Él no, claro: había ido a parar a ese bar por pura casualidad, después de haber pasado la noche de juerga en La Pista y a puerta cerrada, según me dijo después con aires de privilegiado. Yo no había estado nunca en La Pista. Hasta que conocí a Julio, para mí la vida había sido una lucha constante de ricos contra pobres, de empresarios y trabajadores envueltos en conflictos que algún día, por esa lógica de la justicia que no sé de dónde sacaron los teóricos de izquierdas, se resolverían a favor de los trabajadores. Yo había heredado el compromiso social de mis padres. O de mi madre, debería decir, porque mi padre se fue literalmente a por tabaco cuando yo era pequeño y no volvimos a verle el pelo. Fue mi madre quien nos educó. A mí y a mis siete hermanos. Pero por aquel entonces nadie imaginaba que la música, el alcohol y las reivindicaciones políticas pudiesen ir de la mano, no sé, habría parecido poco serio. O sea que, cuando Julio me habló de política y de drogas como si semejante combinado estuviese en boca de todo el mundo y fuese lo más normal, empecé a sospechar que el camino no era uno, que había muchas sendas que antes no veía para llegar al mismo sitio y que quizás había llegado la hora de variar de trayectoria. También pensé que ese tío estaba loco, claro, y que yo lo estaba más por escucharle. Pero el suyo no era el discurso de un majara o de un borracho que aún no ha vuelto a casa. Tenía coherencia, había sido meditado con calma, en otro ambiente y con otro cuerpo, seguro.

»El caso es que la conversación de Julio me cautivó o, por lo menos, me sacó de esa rutina de tomar el café con leche y mirar los periódicos sin motivación, por inercia o por no sé qué pretensiones de ganarse uno la vida. Y eso que no hablamos mucho aquella mañana. Como he dicho, Julio había pasado la noche en blanco y a cada rato caía en una especie de sopor que le impedía seguir el hilo de la conversación, cerraba los ojos unos instantes y la cabeza se le iba sobre un hombro o sobre el otro, como si el cuello no pudiese aguantar el peso. Pero luego se despertaba y en algunos momentos volvía a la cuestión con una lucidez que llegó a sorprenderme. ¿Cómo era posible que ese tío, a esas horas y sin dormir, pudiera sacarse de la manga semejante precisión y ese tino en sus apreciaciones? Hablamos hasta el mediodía. Después, cuando Julio se fue, empecé a pensar en muchas cosas y me di cuenta de que podíamos haber estado hablando durante horas, días enteros o incluso meses y aún nos habría quedado mucho por hablar. Estaba seguro de que volveríamos a vernos y así fue, claro.

»Pero no. Yo no pertenecí al grupo. Al menos, no en sentido literal; no como pudo pertenecer Isabel, por ejemplo, que se integró más y llegó a convivir con ellos y a participar en algunas movidas, digamos, de cierto peligro. Yo seguía viviendo en casa de mi madre y, si es verdad que me juntaba con ellos cuando tenía el fin de semana libre, siempre supe dónde estaba mi sitio. O sea que no. El grupo estaba compuesto por Julio, Gonzalo y Antonio. Quizás Isabel, no sé, pero nadie más. Era un grupo distinto a los demás grupos de amigos que he conocido en mi vida. Si Julio, Gonzalo o Antonio estuvieran aquí, negarían que hubiesen formado parte jamás de ningún grupo. Y hasta es posible que Julio se indignase, sacase pecho y tratase de lavar la afrenta a la tremenda, como acostumbraba a reaccionar en ese tipo de situaciones.

»Eso me trae a la memoria la segunda vez que Julio y yo nos vimos. Fue en el Colores, unos días más tarde. Eran las diez y media de la noche, esa hora tonta en que la gente decente se iba a cenar y los de siempre nos quedábamos a la espera en los bares. Julio estaba en una esquina de la barra y yo estaba al otro lado. Llegué a creer que Julio había olvidado nuestro primer encuentro, porque no me saludó al entrar ni me prestó la más mínima atención durante una media hora larga. Se sentó allí, en la esquina, y sólo abrió la boca para pedir de beber. Yo sabía que Julio estaba haciendo tiempo hasta la hora en que abriesen las puertas de La Pista y que, por lo general, después de beber unas cervezas en el Colores iba a otros locales para encontrar a sus amigos. O sea que no dije nada. De pronto, Julio acabó la última cerveza de un trago, pagó y, al pasar junto a mí para salir del bar, me preguntó:

»—¿Vienes?

»Así, sin dar más pistas. Pero yo no tenía nada mejor que hacer y fui con él, claro. En la calle hacía calor y se oían las voces y el ruido de los cubiertos y los platos de los que estaban cenando en las terrazas de los apartamentos.

»—¿Dónde vamos?

»—Al Cientocuatro —dijo Julio, y echó a andar.

»¿Al Cientocuatro?, pensé. O mucho había cambiado, o el Cientocuatro era un bar de pijos y de fachas, un lugar feísimo y con un ambiente de cafetería de Facultad de Empresariales. Una vez me equivoqué y entré en plena fiesta de cumpleaños o de puesta de largo o algo así. Bueno, a mí me pareció eso, aunque bien podría ser que esos horteras se divirtieran siempre de esa manera ridícula, como si estuviesen en uno de esos bailes ñoños de adolescentes norteamericanos de las películas, pidiéndose para bailar y bebiendo refrescos de cola. Estuve allí lo justo y me largué a otra parte. Pero aquella noche, con Julio, fue diferente. Para empezar, cuando llegamos sólo estaba el camarero, un tío repugnante que casi se asustó al vernos entrar. ¡Pobre imbécil! Seguro que le robaban el bocadillo en el colegio. Julio pidió dos cervezas y no dijo nada más. Estuvimos ahí, bebiendo en silencio, mientras iban entrando algunos clientes que, nada más vernos, enmudecían por un momento y luego se sentaban lo más lejos posible de nosotros. Creo que pasó una hora. El camarero ya nos servía sin preguntar qué queríamos cuando Julio le hacía el gesto de Dos más con una mano. No sé cuántas cervezas bebimos. ¿Seis? ¿Siete cada uno? El caso es que el bar empezó a llenarse de gente y entonces Julio se levantó del taburete y empezó a pasearse con aires de chulo entre los clientes. Vamos a ver si me explico: no insultó a nadie ni parecía andar buscando bronca. Sólo paseaba, pero estaba claro que podía no haberlo hecho, que podía haberse quedado sentado para evitar problemas y que, en vez de eso, estaba haciendo lo posible por molestar, por ponerse en medio de todo y de todos. El juego funcionó hasta que, claro, dio con uno al que no le debía gustar que le tocasen mucho los cataplines. O sea que, cuando Julio se puso a mirar descaradamente el culo de una chica rubia que concentraba la atención de buena parte de la clientela masculina, saltó un tío enorme gritando “Vas a ver tú, hijo de puta” y, bueno, fue cuestión de un segundo. Hubo un revuelo formidable en el gallinero y por un momento creí que íbamos a salir de allí en camilla, pero nadie tuvo tiempo de hacer nada. A una velocidad pasmosa, Julio cogió una botella por el cuello, la partió contra la pared y el tipo que había iniciado la revuelta se encontró, de pronto, con media botella rota delante de sus narices y la mirada de Julio clavada en sus ojos: “Alguien se mueve y te destrozo la cara”. El tiempo se paró como en una fotografía. Lo vi todo negro. Todo el mundo estaba a punto de matar a alguien y nadie daba el primer paso. Luego, sin dejar de esgrimir la botella, Julio empezó a recular lentamente hacia la puerta y yo le seguí, claro, porque no era cuestión de quedarse ahí ni un minuto más. Salimos y echamos a correr. (Sonríe) Creo que nunca he corrido tanto. Nos refugiamos en el portal de un bloque que ya no existe, cerca del Mercado viejo. Me apoyé en la pared y, mientras trataba de recuperar el resuello, me puse a pensar en lo que acababa de suceder. ¿Para eso me había invitado Julio a ir con él? ¿Para montar un número en un bar de fachas? Le miré. Julio estaba doblado hacia delante, respirando muy fuerte. Me parece que miraba cómo caían al suelo las gotas de sudor desde su barbilla. Le dije:

»—Oye... Tú estás loco, ¿no?

»Julio levantó la vista y estuvimos mirándonos a los ojos sin decirnos nada durante un buen rato. Luego se irguió, encendió un cigarrillo y, después de dar unas caladas profundas, movió la cabeza como diciéndome “Venga, vamos a tomar algo”. No me estaba preguntando si me apetecía. Tiró el cigarrillo casi entero y enfiló la calle en dirección a la zona de La Pista. Aún no sé por qué, le seguí otra vez».

martes, 4 de marzo de 2008

Textos Libres. César (2)

Con tanto comentarista hablando de El Hombre de Pekín, al final he recordado una anécdota de los primeros tiempos del grupo. Fernando aún no era el cantante. Recuerdo perfectamente que él y yo estábamos en no sé qué bar cuando se nos acercó no sé quién y nos dijo que el grupo iba a actuar en un colegio mayor cuyo nombre he olvidado. El caso es que fuimos en calidad de espectadores y también a modo de equipo de seguridad. Los estudiantes del mencionado colegio mayor tenían fama de maleducados e incluso de gamberros peligrosos. Al parecer, los componentes del último grupo que había actuado ante ellos habían salido por piernas para evitar ser linchados.

—Vosotros dedicaos a ver el espectáculo y, si pasa algo, empezáis a dar tortas —nos dijo un miembro del Hombre de Pekín.

—Bueno.

Desde luego, había muchas posibilidades de que pasara algo. El Hombre de Pekín no era un grupo de música al viejo estilo del Rock’n’Roll, con una puesta en escena agresiva y unos artistas de brazos musculosos y tatuados. Muy al contrario, los componentes del grupo salían a escena disfrazados de hombres prehistóricos, estaban más bien raquíticos y, pese al ritmo acelerado de la mayor parte de temas, de ninguna manera podía hablarse de agresividad musical o cosas por el estilo. Nada más ver la estampa de algunos de aquellos estudiantes peinados con brillantina comprendimos que podía haber problemas. Eran niños pijos salidos de colegios masculinos y con una musculatura conseguida tras muchas horas de gimnasio.

—Será cuestión de repartir leña —dijo Fernando.

El teatro donde iba a tener lugar el espectáculo era muy acogedor, con su escenario y sus filas de asientos siguiendo un diseño a la antigua, pero no disponía de más salidas que la que también servía de entrada. Eso nos dejaba en una situación clara de indefensión. Fernando ya estaba buscando una barra de hierro o, en su defecto, algún otro objeto que también sirviese para abrir cabezas. Montamos la escena, el tinglado de cables y lo demás, y esperamos hasta que empezó a llegar el público.

Desde luego, entraban con ganas de guerra. Fernando y yo cazamos al vuelo ciertos comentarios que hablaban de la bronca que iban a armar si no les gustaba la actuación. Y para qué nos íbamos a engañar: eso era lo más probable. En cuanto vieran al Xavi disfrazado de Jefe de la Tribu se lanzarían sobre el escenario como lobos sobre corderitos. O sea que nos preparamos para rechazar a aquellos bestias. Pero no hizo falta.

El Hombre de Pekín abrió la sesión con un tema marchoso para calentar el ambiente. Vi de reojo cómo se relamían los que tenían más pinta de folloneros entre los estudiantes. Y entonces pasó. El Jefe de la Tribu lanzó al público unos objetos que debían provocar un efecto de niebla tranquila en el patio de butacas y todo el local empezó a llenarse de un humo brutal que hizo llorar y salir corriendo a los estudiantes. Y es que el Jefe se había equivocado al comprar y, en lugar de hacerse con dos inofensivos efectos especiales, había adquirido un par de auténticas bombas de humo que, en un local pequeño y cerrado como aquel, se convirtieron en un arma propia de salvajes. Los estudiantes, en el exterior del local, no podían entender de qué iban los tíos esos que, vestidos ridículamente de hombres prehistóricos, les habían hecho huir como a nenas. Uno de los cabecillas más radicales me preguntó, con los ojos llenos de lágrimas:

—¿Esto forma parte del espectáculo o se les ha ido la mano?

—¿Si se les ha ido la mano? ¡Qué va! ¡Ahora empieza lo fuerte!

Les encantó. Un momento después estaban todos bailando en el interior del teatro al son de los ritmos del Hombre de Pekín, en medio de un ambiente irrespirable a causa del humo y locos como cabras de alegría.

El grupo fue contratado de nuevo por aquel colegio mayor. Los estudiantes de la brillantina y los músculos de gimnasio no se lo habían pasado mejor en su vida.

—La próxima vez vendré con un lanzallamas —dijo el Jefe de la Tribu.

lunes, 3 de marzo de 2008

Textos Libres. Mar (2)

Mar envía otro texto. Creo que es evidente el papel que jugó la música en la vida de los que éramos jóvenes durante los años de la Transición. Entre otras cosas, Mar habla de sus gustos musicales, que no coinciden con los de todos los colaboradores que han ido escribiendo aquí, pero que confirman ese protagonismo de lo musical. Ya dijimos que quien quiera puede contar sus experiencias durante la Transición y publicarlas en este blog. Basta con enviar el escrito a: cgalianoroyo@gmail.com.


Después de leer a JADQS, me han entrado ganas de explicar cómo viví yo ese mismo ambiente musical que está explicando él.

No sé por dónde empezar.

Bueno, sí, creo que empezaré explicando que la naturaleza me ha tocado con la varita dotándome de algo que los entendidos llaman «oído absoluto». Gracias a ese don, he vivido y he «sufrido» la música siempre de manera intensa, y aquellos tiempos, para mí, fueron muy controvertidos.

Lo que explica JADQS lo viví en primera persona. Cuando tenía 15 años, o sea en el 74, empecé a tocar la guitarra. Mis tres hermanos y yo aprendimos prácticamente a la vez. Mi madre (música extraordinaria donde las haya) nos enseñó un par de acordes y lo demás lo pusimos nosotros con talento natural y entrega. Tocábamos guitarras españolas e improvisábamos blues y demás «aires». Mi hermano Jorge se encargaba del bajo, Pepe de los solos, melodías y adornos, y yo hacía la parte rítmica. Fernando, aunque también tocaba la guitarra, lo que más hacía era cantar, y ¡cómo cantaba! Yo me pasaba el día traduciendo en acordes las canciones que nos gustaban y que luego tocábamos todos. Pepe era el creativo; componía.

Con Carlos Segarra, el cantante de «los Rebeldes», también compartimos buenos momentos musicales. Iba a la misma clase que Pepe y nos quedábamos atontados escuchándole versionar rock and roll.

Por aquellas fechas conocí a unos chicos de mi edad que habían formado un grupo. Se llamaban «Red sun», ensayaban en el Ayuntamiento de Las Corts y amenizaban las fiestas del barrio. David Biosca, el batería, es el único que se dedicó profesionalmente y que aún hoy lo sigue haciendo. Era un apasionado del heavy metal. Yo siempre estaba con ellos. Ayudaba al bajista y al solista a afinar los instrumentos porque tenían alguna pequeña dificultad para hacerlo ellos y mi fino oído no podía soportar la desafinación. También me pedían que les ayudara a encontrar acordes de canciones que querían versionar. Esa fue mi pequeña contribución al grupo. Siempre acompañaba al manager a buscar bolos. Cuando no había ensayo íbamos a casa de alguien a escuchar música. ¡Había tanta música buena por escuchar en aquella época! En esos tiempos, conocí muchos grupos y recorrí muchos locales de ensayo.

Después Pepe formó, junto con todos los músicos que se han mencionado en el
blog, «El hombre de Pekín», y yo estaba cerca, pero aparte.

Siempre he pensado que, dada mi condición y pasión para y por la música, debería haber participado activamente en alguno de los grupos con los que me relacioné, pero hubo dos circunstancias que creo que hicieron imposible que eso ocurriera.

La primera, el hecho de ser mujer. Aunque había algunas mujeres en algún grupo, no era lo habitual, y si las había, su misión era cantar y yo no tenía suficiente voz ni agallas. Ese era un mundo mayoritariamente de hombres. Nunca nadie me propuso que tocara con ellos. Aprovecho para decir que siempre me ha maravillado esa capacidad que tenéis los hombres para reuniros en torno a una afición común y os admiro por ello. Creo que casi todos los «tíos» que conozco juegan al menos una vez a la semana a fútbol con el equipo del bar o de la «Uni» o de antiguos no sé qué.

La segunda circunstancia que hizo que no participase activamente en ningún grupo musical, fue que nunca estaba en «la onda» porque era la única que no me «colocaba». Ambiente musical era igual a droga o alcohol y al final, ya harta de ver
como todo el mundo se autodestruía, acabé alejándome de ese ambiente y, de la misma manera, de la música. Mi querida música.

Por cierto, no sé si hace falta colocarse para hacer buena música; tendríais que ver qué canciones compone ahora Pepe sin necesidad de «tomarse nada».

Pero en aquella época, la gente no se daba cuenta de que se estaba autodestruyendo. Yo siempre asocié alcohol y droga a destrucción y decadencia, nunca a vida y crecimiento y, a mí me gustaba lo «vivo». Era una mocosa adolescente y ya lo veía así. La parte buena del asunto es que conocí a mucha gente que valía la pena y que ahora tengo la suerte de sentir cerca.

¡Qué buena era la música española de los 80! Mis favoritos eran Nacha Pop, Radio Futura, Los secretos y Canovas Rodrigo Adolfo y Guzmán, aunque estos últimos eran más bien de los 70.

Pero sobre todo la música de los 70. Aquello sí que fue una explosión de creatividad. El rock sinfónico me encantaba: King Crimson, Jethro Tull, Magna Carta, Genesis, Allan Parsons Proyect, Pink Floid, Emerson Lake and Palmer, Camel... Y tantos interprétes buenos de folk y country como América o James Taylor. O de Rock duro , DeepPurple, Led Zepelin... En fin, esto solo es una muestra. Me dejo mucha gente buenísima. La música internacional de los 80 tampoco estuvo mal: Police, Electric Light Orchrestra...

Hoy en día toda la música suena igual. Me pregunto si es que ya no se colocan los músicos.

sábado, 1 de marzo de 2008

La lucha de los institutos en La Transición

Tendría yo quince o dieciséis años cuando me matriculé en un instituto de Barcelona que, por aquel entonces, era el abanderado de las huelgas y demás luchas revolucionarias de la ciudad. Fue pura casualidad. El centro más cercano a casa estaba hasta arriba y quiso el destino que encontrase una plaza en un instituto que estaba a tres paradas de metro y cuya fama, por cierto, llegaba bastante más allá. Un primo de no sé quién que tenía algo que ver con el Ministerio de educación dijo, cuando mi madre le pidió informes:

—¿Va a ir a ese instituto? Ahí va lo peor de lo peor.

Bueno. Quizás no fuese para tanto. Yo salía de un colegio religioso de los de entonces, con su mandanga franquista y todo eso, aunque exento de la parafernalia que suelen adjudicar a esos colegios los que jamás estudiaron en ellos. Es cierto que los profesores de gimnasia eran militares y que nos hacían marcar el paso en el patio, pero jamás canté el Cara al Sol ni estaba la foto de Franco sobre la pizarra. Supongo que eso fue antes, en la época de mis hermanos. En cualquier caso, el instituto que me había tocado en suerte era muy diferente. El hecho de compartir aula con seres del género femenino se me hacía una novedad alucinante y más que atractiva. Estamos hablando del año 1977. La enseñanza mixta no existía en los centros privados; sólo en los públicos, y no en todos.

En esos años turbulentos estaba de moda que los estudiantes se involucraran en la lucha política. Los universitarios se enfrentaban regularmente a las fuerzas del orden en unas manifestaciones que, por lo general, tenían un sentido. Pedían amnistía, libertad y todas esas cosas que ahora hemos cambiado por una seguridad que, en muchas ocasiones, no nos sirve para nada. Pero el caso de los estudiantes de instituto era muy distinto. No sé si a causa de mi carácter o por alguna otra razón, en seguida me nombraron delegado de curso y, en consecuencia, debía acudir a las juntas de delegados para decidir lo que en esos momentos se terciase. Recuerdo muy bien la primera reunión. Entraron dos tíos en el aula sin llamar y, sin importarles un pepino haber interrumpido la clase, dijeron: Que salga el delegado. Hay junta. Miré al profesor, éste hizo un gesto con la cabeza y me dirigí a donde me indicaron los dos pollos. El aula donde se celebraba la reunión estaba tan llena de gente como de humo. Ahora me extraña, pero entonces no. Y no me extrañó porque entonces estaba permitido fumar en clase. O sea que, con mayor razón, tenía que estar permitido fumar en una muy intensa y revolucionaria reunión de delegados. Acabáramos. Creo que la cosa fue así. Un tío se subió a una mesa envuelta en humo de tabaco y dijo: ¿Estamos de acuerdo? Todos dijeron: ¡Sí! Y el pollo gritó: ¡Pues huelga indefinida! Palabra de honor que la huelga duró tres semanas y nunca supe por qué la hicimos. En cierta ocasión mantuvimos tres días una huelga porque un bar cercano al instituto había subido un duro los bocadillos. Y en otra dejamos de ir a clase porque un alumno se había pillado una mano en la puerta del metro. Era una revolución muy extraña, aunque también hubo veces en que la cosa pintó de otro modo.

Por ejemplo, cierto día entraron al edificio dos docenas de guerrilleros de Cristo Rey y empezaron a largar cadenazos y hostias de todo tipo a diestro y siniestro. En seguida bajaron los mayores —o sea los de COU y 3º de BUP— y consiguieron ponerlos en fuga tras una batalla tremenda. Recuerdo que también hubo follón un día en que a alguien se le ocurrió colgar una bandera republicana del mástil del balcón del instituto. Se trataba de un acto muy grave. Las cosas no estaban para bromas de ese calibre y llegó una dotación de la policía para solucionar el asunto.

Pero el día que recuerdo una mayor intensidad en el centro fue cuando alguien llamó por teléfono diciendo que había puesto una bomba. Estábamos en clase, como siempre. De pronto se abrió la puerta, asomó la cresta un tío con el careto desencajado y gritó: ¡Han puesto una bomba en el instituto! ¡Desalojad las aulas! ¡Todo el mundo a la calle! Aquello fue una desbandada general. Eché un vistazo por la ventana y vi que en la calle había unos cuantos policías intentando poner orden. Los estudiantes salían en tromba, a mares. O sea que olvidé la ventana de las narices y también eché a correr. Bajé los escalones de tres en tres o de cuatro en cuatro, no sé, pero los bajé a toda leche. Y una vez abajo, después de reunirme con los amigos que, por cierto, se habían sentado frente al instituto para ver cómo saltaba el edificio por los aires, recordé que me había olvidado algo en el aula: la cazadora cruzada de cuero que acababa de comprarme. De modo que a correr otra vez, pero hacia arriba. Una cosa era una amenaza de bomba y otra dejar la chupa en el respaldo de la silla para que se la quedara cualquier gilipollas que no se hubiese creído lo de la bomba. Porque hubo quien no se movió de su asiento por mucha bomba que dijeran haber puesto. En cuanto llegué al aula me di cuenta. Un grupo de cinco individuos e individuas se habían quedado en clase con el profesor de latín y, cuando entré, estaban repasando no sé qué declinación. Pero la cazadora estaba en su sitio. Uuuuuuuf. La cogí, di la vuelta y, de nuevo como un rayo, bajé los escalones hasta la calle. Los amigos ya se habían ido al bar y, como a fin de cuentas yo tampoco acababa de creerme lo de la bomba, fui tras ellos a meterme un vermú entre pecho y espalda. El instituto no estalló, claro. Pero pudo haberlo hecho. Lo tremendo del caso es que a nadie le habría extrañado que alguien hubiese puesto una bomba en un centro de enseñanza. Eran tiempos duros, ya digo. Y curiosos.

viernes, 29 de febrero de 2008

Textos Libres. Lluis (3)

Lluis nos envía otro texto y nos habla de una de aquellas redadas de la Transiciónstsl duien recuerda "El conoci. He de recordar que uno de los personajes de la novela está inspirado en él y que, si alguien quiere saber cómo era Lluis entonces, no tiene más que mirar la foto de la cabecera de este blog. Es el de más a la derecha del lector, el tipo que está encendiendo un cigarrillo. Por otra parte, el pub al que Lluis se refiere en este escrito también aparece en la novela: su nombre ficticio es Bar Colores. Lluis aún no ha leído la novela y, por lo tanto, ignoraba este último detalle a la hora de enviar el texto. Por otra parte, yo también estuve en la redada que nos cuenta. Debía ser el año 1979. Y fue brutal. La policía se llevó a todo el mundo (mucha, muchísima gente), con la excepción de los camareros, el disc jockey (que era yo), un grupo de quinceañeros entre los que se ocultó otro de nuestros colaboradores de Textos Libres (JADQS) y dos chicas que estaban remendando los pantalones de uno de los camareros. Ya dijimos que quien quiera puede contar sus experiencias durante la Transición y publicarlas en este blog. Basta con enviar el escrito a: cgalianoroyo@gmail.com.


Recuerdo muy bien (cómo no recordarla) aquella tarde-noche de verano. Estaba en aquel pub que frecuentábamos (justo enfrente del lugar de la foto de la cabecera de este blog).

Pasábamos allí todas las tardes que podíamos de los fines de semana, antes de ir a nuestra discoteca habitual. Nos reuníamos en aquel local para hablar, discutir, besar a nuestras chicas, escuchar música, leer (¿alguien recuerda «El Caracol Desplumado» de Kike?), cantar, beber, fumar y todo aquello que nos apeteciera y pudiéramos (que no era todo) hacer. Había unas mesas fuera donde nos reuníamos en grupo y entrábamos y salíamos continuamente, hablando con unos y otros. Cada uno tenía sus propios grupos, sus propios amigos, pero todos —o casi todos— nos conocíamos: gente de Barcelona, de Vilaseca, de Salou, de Reus, de Tarragona, de la Canonja. Había una camaradería increíble y resultaba difícil sentirse solo o aislado entre tanta gente conocida.

Yo había entrado y salido varias veces del local, sin suponer siquiera que alguien me había estado observando y se había fijado —entre otros— en mí (debió sorprenderle tanto entrar y salir y tanto ir de aquí para allá con unos y otros). En uno de los paseos entré en el servicio y, cuando salí, un colega vino corriendo y me dijo que fuera del local estaba llenito de policías (guardia civil, guardia urbana, policía nacional, secretas... todo un desplazamiento). Sin saber muy bien cómo actuar (a pesar de no tener, en principio, nada que ocultar), me senté ante la barra y, como intentando desconectar de toda aquella movida, pedí una birra. Debo confesar que estaba un poco incómodo porque no tenía muy claro qué podía suceder, pero la sensación no era muy buena.

De repente se me acercó un policía de paisano y me invitó a acompañarle fuera del local. La imagen era impactante: un montón de policías de todos los cuerpos posibles llevándose a la gente y metiéndolos en los vehículos que estaban estacionados en las dos calles laterales que llevaban al local. Por el suelo: papelinas, jeringuillas hipodérmicas, barras de chocolate, bolsas con pastillas, paquetes de tabaco medio destrozados, porros liados, botes de pope....

Me metieron en la parte trasera de un jeep y allí me encontré, entre otros, con una de mis mejores amigas de entonces, SD, que me miraba con cara de circunstancias y me sonrió, como intentando tranquilizarme (algo totalmente inútil; en esos momentos me sentía francamente mal).

En convoy, y con las sirenas rugiendo (como si fuéramos unos delincuentes), fuimos hacia comisaría y, al llegar, nos metieron en varios calabozos. Algunos agentes de la guardia urbana (que eran gente del pueblo y reconocían a algunos chicos y chicas que estaban metidos en el lío) intentaban tranquilizarnos, pero aquello pintaba mal.

Iban llamando a la gente y nos llevaban arriba, a las dependencias policiales, donde tomaban declaración. A un chavalillo (charneguillo, como decíamos nosotros) estaban intentando endosarle el muerto: una bolsa llena de productos de no se sabe qué procedencia (seguro que no eran del Carrefour). Y se oían gritos y jaleo.

Aquello me parecía realmente surrealista.

Había chicas y chicos muy jóvenes, realmente acojonados. Algunos pedían que les dejaran marchar, que no habían hecho nada y que, si sus padres se enteraban, los iban a matar.

Me tocó el turno. Un policía vació mi paquete de tabaco (y eso que era un Ducados), me registró, miró mi cartera (supongo que esperando encontrar los frutos de mi negocio) y me pareció algo desilusionado al no encontrar nada que pudiera incriminarme. En esas estábamos cuando otro policía pasó por nuestro lado, se paró, me miró y se puso a reír, preguntándome:

—Oye, chico; ¿tú no trabajas en la Oficina de Correos?

—Sí —respondí a secas.

—Y qué haces aquí? —preguntó de nuevo, todavía con más sorpresa, si cabe.

—Estaba en un pub tomándome una copa y, sin saber por qué, me han hecho salir a la calle y me han traído hasta aquí... Pero yo no he hecho nada...

El «policía bueno» miró a su compañero y se acercó para comentarle no sé qué. Luego le dijo:

—Suéltale... que este chico trabaja en Correos y me tramita todos los giros postales que envío cada mes a mis padres, al pueblo —todos eran del mismo pueblo de Andalucía—. Seguro que no tiene nada que ver. Es buena gente. Yo respondo de él...

Me sentí aliviado.

—Vamos. Cálzate y lárgate. No quiero volver a verte nunca más por aquí —espetó el otro— Y vigilia con quién te mueves... que éstos —mirando a los que permanecían en comisaría, entre los que había algunos conocidos míos— no son buenas compañías...

No lo pensé dos veces. Salí rápidamente de la comisaría sin mirar atrás y empecé a caminar sin rumbo fijo. Luego empecé a pensar en mis amigos, en mi amiga... me sentía mal por ellos y me preocupaba que les pudiera pasar algo, que no hubieran tenido la misma suerte que yo. Cansado y mosqueado por todo aquello, me fui a nuestra discoteca de siempre y allí me reencontré con algunos de mis colegas. A los pocos minutos aquello se había convertido en una anécdota más que poder contar.

El policía continuó todo el verano yendo a la oficina de Correos a poner sus giros… pero nunca oí que le comentase a nadie de la oficina lo que había sucedido en la comisaría.

jueves, 28 de febrero de 2008

Textos Libres. JADQS (2)


Después de fundar el grupo PASTEL, JADQS formó parte del mítico EL HOMBRE DE PEKÍN. Nos ofrece una crónica agridulce, como lo fue casi todo durante aquellos años. Ya dijimos que quien quiera puede contar sus experiencias durante la Transición y publicarlas en este blog. Basta con enviar el escrito a: cgalianoroyo@gmail.com.



Quería seguir contándoos cómo vivimos entonces aquello de la música. Cuando volví de la mili (sí, ¡entonces era obligatorio tirar a la basura 14 meses de nuestras vidas de la forma más inútil!), aquella aventura musical de PASTEL había muerto. Catorce meses alejado del entorno eran muchos meses. O sea que busqué otras posibilidades de seguir con lo que entonces era mi pasión y la de muchos de los jóvenes de inicios de los 80.

En Barcelona, en Las Corts, muchos chavales teníamos inquietudes musicales y se generaron grupos por todos lados que ensayaban en locales de todo tipo (¡el tema del local de ensayo daría para un libro entero!). Tuve la suerte de codearme con Fernando (¡sí, el que comenta en el blog!). Éramos buenos amiguetes. Fernando cantaba que lo flipas. Ya tocamos juntos durante la aventura de PASTEL. Pero además, Fernando tenía un hermano... Pepe Sarto. ¡Un artista! ¡Un fenómeno de la música! Si hubiera sido yanqui o inglés lo compararían con cualquier supercrack. Un auténtico fuera de serie.

En 1983 tuve la oportunidad de coincidir en varias ocasiones con Pepe, ¡y le tiré los tejos!:

—Pepe, tenemos que formar un grupo, tío.

Al final conseguí participar en aquella genial experiencia que se llamó EL HOMBRE DE PEKÍN. Aún conservo algún casete con sus primeras composiciones. Genial. Poco a poco el grupo fue ampliándose y al final éramos casi una docena: Pepe, Panotxa (666), yo, Boris, Carlos Galiano, Fernando, Carlos Tosas, Jordi Dum, Marchetas, El Jefe… Y colaboraciones varias: Mónica (saxo de TACONES), el guitarra de DISTRITO V (en «Vidi va de caza»), etc., etc.

Durante los años que duró la aventura, mientras pudimos dedicarnos a nuestra pasión, lo único importante era juntarnos, ensayar y tocar. La música era la forma en la que desarrollábamos nuestras ansias de crear, de protestar, de comunicar. Desgraciadamente, en aquel momento no dimos con un buen padrino y las «circunstancias» llevaron a pensar cada vez menos en la creatividad y la musicalidad, lo que acabó por desmembrar el grupo. Lamentablemente, no todo era tan bueno en ese mundillo. No éramos realmente conscientes de los peligros de según que sustancias que, especialmente en el entorno musical, circulaban por todos lados. Dos componentes del grupo nos dejaron demasiado pronto. Muchos de nuestros amigos, hermanos y conocidos no están hoy aquí para contároslo. Y si pueden contarlo, muchos de ellos están o han estado realmente jodidos. Quien no tenía problemas de toxicomanía, los
tenía con el alcohol. ¡Un cuadro!

Pero mientras duró, fue una experiencia inolvidable y llena de satisfacciones. Es muy difícil describir, cuando la música es una pasión, lo que se siente al tocar en salas como Studio 54, Zeleste, Metro, Bikini, Hilarios, y en lugares como la Plaza del Sol (concierto memorable), y tantos otros sitios, ciudades, y pueblos (memorable viaje a Madrid en la Peugeot J5).

La música era algo realmente importante. Y los que pudimos dedicarnos a ello lo disfrutamos mientras duró.

Gracias Pepe.

Y gracias a todos los que participaron en aquella maravillosa aventura.

miércoles, 27 de febrero de 2008

Textos Libres. García (2)

García me ha vuelto a pedir que escriba por él, si bien en esta ocasión me suena la anécdota como si la hubiese vivido. No es raro. Se trata de una de aquellas redadas que la policía hacía en los bares a media tarde, cuando aún lucía el sol en la calle y la gente no había pedido la segunda cerveza. Supongo que lo hacían por dos razones fundamentales. La primera, para pillar a todo el mundo con el material que pensara consumir durante la tarde y la noche. Y la segunda, para fastidiar: en esas redadas no daban con nadie que pudiera tener más allá de un par de chinas de hachís. Si algún camello se había dejado caer por allí, seguro que iba más limpio que la Cenicienta y que la mandanga estaba escondida en los alrededores, en la guantera de un coche o en casa de algún colega. García nos recuerda una de aquellas redadas. O yo, ya no sé. Él cuenta la anécdota y yo la escribo. Ya dijimos que quien quiera puede contar sus experiencias durante la Transición y publicarlas en este blog. Basta con enviar el escrito a: cgalianoroyo@gmail.com


Era una tarde de viernes. Mi hermano y yo fuimos a ver un concierto que iba a tener lugar en un bar de moda. Recuerdo que los músicos no eran punks, por ejemplo, o gente que hubiese podido atraer a tíos violentos o pasaos de vueltas, sino más bien pops, modernos o incluso mods; gente tranquila, vamos. De modo que no tenía por qué haber ninguna sospecha.

Al llegar vimos que el concierto iba a retrasarse y, en lugar de pedir las dos copas de rigor, preferimos salir a la calle a fumarnos un porro que llevaba mi hermano. Apenas teníamos más.

Como es natural no nos quedamos ante la puerta del bar para dar el cante. Dimos la vuelta a la esquina y justo a la entrada de una callejuela, donde creímos estar más a resguardo de miradas indiscretas, sacamos la china, el papel, el tabaco y mi hermano empezó a liar la movida. Creo que no pasaron ni cinco minutos cuando paró, frente a nosotros, un coche de la policía.

—Vaya, vaya, vaya —dijo el primer madero que se bajó del coche—, si nos van a invitar a un canuto.

Mi hermano tiró al suelo el porro a medio hacer. En seguida tuvimos a tres pasmas en torno a nosotros. Nos cachearon, vieron que no llevábamos más que una triste china que, por cierto, ni nos quitaron, y al final uno de ellos dijo:

—Bueno, ¿dónde lo habéis comprado?

Mi hermano no reaccionó. Se quedó en silencio, como bloqueado, muy quieto, en medio de un silencio de culpabilidad. El pasma añadió, muy tranquilo:

—Venga, hombre, dime algo, que me lo voy a creer.

Dijo mi hermano sin mirarle:

—En… En la plaza Real.

—¡Claro! —dijo el madero en broma a sus compañeros—. ¡En la plaza Real! ¡Como todo el mundo! Bueno, da igual. Estáis en el bar ese que hay al doblar la esquina, ¿no?

Mentirles habría sido una imbecilidad. Teníamos la intención de acudir luego al concierto y, si les daba por entrar y nos encontraban, íbamos a tener muy difícil una salida airosa. O sea que dijimos que sí, que estábamos en el bar. Un poco más tarde nos dejaron en paz, liamos el canuto que nos quedaba y fuimos al concierto.

Todavía tardaron un poco. Los músicos se hicieron de rogar, pero al final salieron a escena y rasgaron las guitarras para indicar que empezaba el espectáculo. En ese momento se encendieron todas las luces, quitaron el sonido y entraron en el local tres o cuatro docenas de policías.

—¡Todo el mundo a la barra y nada de movimientos raros!

Mi hermano y yo nos miramos como diciendo: No podemos tener tan mala suerte. Fuimos hacia la barra y nos apelotonamos con los demás clientes. Los policías iban pasando ante la gente y después de señalar a un tipo, por ejemplo, le decían:

—Tú, fuera.

El tipo se iba a la calle y los pasmas seguían su ronda de sospechosos. Ante nosotros pasaron dos de los policías de antes. Casi ni nos miraron, como debían hacer con los delatores. La verdad es que me sentí mal, aunque por otra parte supuse que la redada debía estar planeada desde hacía ya tiempo. Era imposible que hubieran montado todo el tinglado en el mínimo tiempo que había transcurrido desde la detención e la calle y el inicio del concierto. Mientras tanto los policías iban señalando y llevándose a más y más gente.

Recuerdo muy bien que un madero, vestido de uniforme y con la metralleta colgada del hombro, se acercó a un tío de complexión fuerte y barba y le dijo:

—Tú, fuera.

El tío ni se inmutó. Cogió su cubalibre y se atizó un lingotazo antes de responder:

—Enséñame tú la placa.

Era una provocación sin sentido. El pasma sacó la placa del bolsillo y llamó a un par de compañeros como diciendo Aquí hay carnaza. Luego le dijo al cliente de barbas:

—Venga, vamos fuera.

—Espera a que acabe el cubata.

Al cabo de dos segundos el tío estaba literalmente rodeado de policías. Con mucha tranquilidad, sabiendo de sobra que le iba a caer una paliza de muy señor mío, se puso a beber el cubata sin peder de vista la mirada del primer madero. Cuando acabó el cubata lo esposaron y se lo llevaron. Poco más tarde se fueron todos los demás y hubo como un suspiro general de alivio entre los que quedamos en libertad. El guitarra del grupo estaba nerviosísimo, el cantante dijo que no tenía ganas de juerga y, al cabo del rato, mi hermano y yo nos fuimos a casa a ver una película hedionda por la tele, asqueados, sin oír el concierto y sin haber disfrutado de los canutos, de las cervezas, ni de nada de nada.

martes, 26 de febrero de 2008

Textos Libres. Lluis (2)

Lluis vuelve a la carga con un texto que arranca en los últimos momentos del franquismo y acaba con su experiencia personal cuando el 23-F. Creo que hoy es muy difícil imaginar un golpe de Estado al viejo estilo de entrar en el Congreso pegando tiros. Pero aquel día de 1981 sucedió, quizás por última vez en la historia, y fue muy intenso. Desde mi punto de vista sólo se ha dado otra ocasión en que la intensidad originada por la política haya llegado tan lejos durante la democracia. Me refiero a la gestión repugnante que el Partido Popular hizo de los atentados de Madrid desde 11 hasta el 14 de marzo de 2004. Únicamente el 23 de febrero de 1981 observé una tensión parecida en la gente. Ya dijimos que quien quiera puede contar sus experiencias durante la Transición y publicarlas en este blog. Basta con enviar el escrito a: cgalianoroyo@gmail.com

Voy a contar algunas experiencias que, aunque posiblemente no reconozcan muchos de mis amigos de generación, viví en los últimos años del franquismo y primeros de la transición política.

Yo soy el cuarto de cinco hermanos de una familia burguesa, tradicionalmente católica y de buena posición económica. Estudiaba en La Salle, iba a misa todos los domingos con mis padres y hermanos, teníamos negocio propio y vivíamos en el centro de la ciudad, en una casa que había sido de unos marqueses y que adquirieron mis bisabuelos. A pesar de ello, éramos más de izquierdas que de derechas (en la Transición, mi padre, por ejemplo, simpatizaba más con el PSOE que con la derecha) y entre mis hermanos había militantes de la LCR, el PSAN o las plataformas universitarias. De ellos aprendí el por qué de la lucha política de izquierdas y el amor por la lectura.

La música que escuché, los libros de leí, los conciertos a los que asistí, fueron una muestra más de lo que comento. Musicalmente hablando, por ejemplo, recibí influencias de gente tan dispar como: C, S, N and Y, Bob Dylan, Joan Baez, Donovan, Simon & Garfunkel, y otros como Los Beatles, Los Moody Blues, Rolling Stones, T-Rex o Gary Glitter... y, sobre todo, de todos los cantautores protesta posibles de la época de la lucha política contra el franquismo.

Ocurrían cosas tan emocionantes como recibir, en una paquete muy bien envuelto y pasado de mano en mano como si fuera droga, un casete con «La Cantata de Santa María de Iquique» (de los chilenos exiliados en Francia, Quilapayún) que mi hermano mayor guardaba muy cuidadosamente porque estaba más que prohibida y, si se la encontraban, le podía caer el pelo (por cierto, la imagen del Presidente Allende y de aquel fatídico 11 de septiembre es imborrable de mi memoria); o ir a buscar a Andorra los discos prohibidos confiando en que no fueran encontrados por la policía (de los ya nombrados Quilapayún, de Paco Ibáñez, Violeta Parra, Víctor Jara...); o asistir a conciertos multitudinarios en Canet de Mar (BCN): Les 6 hores de Cançó o las 12 horas de Rock. ¡Cuantos recuerdos! Allí, sentados, en aquella impresionante explanada habilitada como zona de conciertos, rodeados por banderas de todas las nacionalidades y colores políticos (recuerdo unos policías corriendo detrás de un grupo de chicos para quitarles una Ikurriña). Para llegar se tenía que pasar por un estrecho camino mientras nos «custodiaban» unos picoletos armados. Y ya allí, sentados, veíamos pasar cientos de jeeps cargados de policías, por detrás del escenario, rodeando aquel impresionante solar donde nos reuníamos gentes llegadas de todas partes para escuchar a los cantantes de entonces (Elisa Serna, Lluís Llach, Quico Pi de la Serra, Sisa, Pablo Guerrero, Luis Pastor, Aute...). Los que no iban era porque estaban prohibidos y no se les había permitido actuar. Y todos juntos, por la noche, cantando aquellas canciones como una sola voz. Aquel estruendo de voz nos hacía sentir afortunados por vivir momentos únicos e irrepetibles y también hacía que nos sintiéramos invencibles a pesar de que Canet estaba, literalmente, tomado por la policía. En aquellos momentos (y tal vez ya nunca después, al menos de aquel modo y con aquel sentimiento) nos sentíamos libres (aun no siéndolo) y poderosos, capaces de cambiarlo todo y llenos de esperanza.

También recuerdo las reuniones en el «Centro de Lectura» para charlar, organizar asambleas y actos de protesta, escuchar a los cantautores locales o ver películas en el cine club, la emoción de tener un lugar propio y común a tanta gente de tan distinta ideología y condición. También se iba como punto de reencuentro después de las manifestaciones, cansados por las carreras, con los corazones palpitando a toda velocidad o magullados si habíamos «recibido» de los grises.

Mucha gente se la jugaba cada día y a cada instante por sus ideas políticas, por la música que escuchaba, por los actos y conciertos a los que asistía; pero todos los que participaron de todo aquello se sentían envidiosamente vivos y fuertes, con toda la energía y poco miedo. Eso tal vez sea inherente a la condición de ser joven, la dificultad de asociar los actos que uno secunda con el peligro que eso pudiera ocasionar.

Avanzando en el tiempo recuerdo también, tras vivir experiencias gratificantes y cuando parecía que todo estaba empezando a normalizarse, el 23 de febrero.

Yo estaba, por aquel entonces, trabajando en Correos, en la sala de clasificación de correspondencia. En una sala contigua estaban dos de nuestros compañeros escuchando la radio (como cada tarde) mientras trabajaban. De repente entraron a nuestra sala, pálidos y asombrados, claramente asustados y comentando que, por la radio y desde el Congreso de los diputados, se habían escuchado disparos y que la guardia civil y los militares habían tomado el Congreso y tenían secuestrados a todos los asistentes a la sesión de aquella tarde. Nos quedamos literalmente paralizados y sin saber qué hacer. Se hablaba del toque de queda, del levantamiento del ejército, de un posible golpe de Estado...

El compañero más mayor dijo entonces:

—Vamos a terminar nuestro trabajo, a dejar esto en buenas condiciones y vamos a irnos todos directamente a casa. No os paréis en ningún sitio ni habléis con nadie. Cuando lleguéis a vuestras casas, ponéis la tele o la radio y a ver qué dicen.

En la radio, por cierto, sonaba música clásica y, mudos, terminamos el trabajo, recogimos nuestras cosas, nos despedimos de nuestros compañeros (sin saber si íbamos a volver a vernos, sinceramente) y nos fuimos.

Recuerdo haber dejado atrás la oficina de Correos, una última mirada a aquel edificio y a mis compañeros que iban en otras direcciones. Recuerdo que era de noche y que la ciudad estaba totalmente desierta. Caminé tan rápido como pude y no recuerdo si me crucé o no con alguien. Cuando llegué a casa encontré a mi madre y a mi hermano mayor pegados a la tele. Hablamos sobre aquello con rabia y tristeza y mi hermano mayor empezó a quemar papeles «comprometidos». Yo le ayudé, tenía prisa por hacer desaparecer todo aquello. Fueron unos minutos largos y muy tensos y confieso haber pasado mucho miedo. Yo tenía a unos tíos y a unos primos en Valencia. Supimos lo del ejército por las calles. Todo me pareció una pesadilla. Estaba a punto de ir a la mili y pensé que era, sin duda, el mejor momento (siempre queda espacio para la ironía cuando uno lo esta pasando mal).

Creo que todo se precipitó con bastante rapidez: El discurso del rey, la normalización de las comunicaciones y los medios, la calle (muchos salieron a la calle aquella noche para luchar por su libertad y sus derechos, para demostrar que no iban a permitir que aquello siguiera adelante...) pero, a mí, aquello se me hizo eterno.

Pienso que todos tenemos la secuencia exacta o bastante aproximada de lo que pasó.

Soy consciente de que, durante bastantes años, vivimos con aquella sensación de amenaza constante y, en mi caso, eso se hizo más patente al tener que incorporarme al ejército. Me tocó hacer la mili en León y Valladolid, donde columnistas de la prensa afín al antiguo régimen, algunos altos mandos del ejército y también conocidos «personajes» del tejido social de la ciudad, nos «amenazaban» con nuevas sublevaciones si las cosas no sucedían según sus propósitos. Pero también aquello se fue normalizando con el paso de aquel año y del posterior.

lunes, 25 de febrero de 2008

Los personajes reales de la Transición


La Transición, como cualquier otra época, contó con unos personajes propios y característicos que vivieron aquellos años y después fueron diluyéndose hasta desaparecer. Sería imposible imaginar a alguno de ellos en el mundo de hoy en día. Del mismo modo que durante los años 50 podemos encontrar al pluriempleado con familia numerosa, cuatrocientas letras por pagar y una única gabardina para el invierno, después de la muerte de Franco fueron tomando forma unos individuos acordes con los nuevos tiempos. Algunos de ellos pasaron sin pena ni gloria y otros, por su peculiaridad, fueron reflejados magistralmente en los artículos de las revistas críticas, en el cine, en las novelas y, sobre todo, en los cómics. Es el caso, por ejemplo, de Martínez el Facha.


Si Carpanta representó al hambre del franquismo y Pepe Gotera y Otilio a la inevitable chapuza española, Martínez el Facha fue el símbolo de la decadencia del régimen, el más claro coletazo de unos valores que a cada minuto eran más anacrónicos. Su creador, Kim, dio en el clavo con el personaje. Martínez el Facha no era un fascista en el sentido estricto del término. Era un franquista; es decir, un ignorante, un paleto que flirteaba con la parafernalia nacionalsocialista sin haber leído el Mein Kampf y sin saber de qué iba realmente la ideología, un defensor de la Iglesia, del caudillaje por aclamación, de la patria inmortal y, por lo tanto, de la costumbre, la tradición y demás principios nacionalistas. Porque, por si alguien lo había olvidado, Franco fue nacionalista, como lo fue Mussolini y el propio Hitler. No obstante, Kim no cayó en la trampa de confundir nazismo, fascismo y franquismo. Estaba caricaturizando a un hombre real, a un tipo de hombre, al franquista puro. Si en algo se equivocó fue en haber prolongado innecesariamente la vida del personaje. Los jóvenes actuales no pueden concebir que existiera un individuo semejante y supongo que ven a Martínez como un monigote sin relación con el mundo real. Pero Martínez el Facha existió. Del mismo modo que existió Torrente, el brazo tonto de la ley de santiago Segura.


La aparición de Torrente en el cine fue demasiado tardía. Supongo que se trataba de una idea que Santiago Segura arrastraba desde la Transición y que, tal vez por no tener dinero en su momento, no pudo llevar a la pantalla hasta el año 97. Porque Torrente era un policía de finales de los 70. Ahora no existe, pero yo le conocí personalmente. De hecho conocí a varios Torrentes. Muchos de los secretas que me pidieron la documentación o que directamente me detuvieron por aquel entonces tenían algo de Torrente. Cobraban poco —eso, seguro—, eran unos impresentables tanto física como culturalmente, bebían más de la cuenta por las mañanas, tenían mucho más de oficio que de vocación y, a su manera, eran más justicieros que representantes de la ley. Se nota que Santiago Segura también los conoció. No en vano también pertenece a nuestra generación.

Pero quien se lleva la palma en este asunto de describir a los personajes reales de la Transición fue, como ya he dicho en alguna ocasión, el dibujante de cómics Carlos Giménez. En sus páginas aparecieron todos ellos: los estudiantes románticos, los parados, los pistoleros a sueldo de extrema derecha, los políticos sin escrúpulos, los capitalistas, los curas, los obreros sin esperanzas y los rojos que, después de haber luchado en la guerra civil, de haber sido internados en campos de concentración, de haber luchado contra los nazis y de haber esperado la muerte del dictador durante casi cuarenta años, obtuvieron la recompensa de poder ejercer su derecho a meter una papel dentro de una caja de cristal. No obstante, Carlos Giménez dice fueron ellos, y no los políticos de cualquier signo, quienes hicieron posible la democracia.

(El dibujo de arriba es de una historieta de Carlos Jiménez que publicó El Papus. Está claro que también Carlos Giménez opinó en su momento que la Transición tuvo sus más y sus menos)

sábado, 23 de febrero de 2008

El Lado Oscuro

Creo que ha quedado claro que la Transición no fue ese momento ejemplar de la historia de España que, desde siempre, han intentado vendernos todos los partidos políticos, los medios informativos e incluso las voces de muchos ciudadanos anónimos. No me cansaré de reivindicar las luces de aquel episodio, por supuesto, pero en honor a la verdad debo reconocer que también hubo muchas sombras.

La libertad conlleva unos riesgos. Podemos vivir como gallinas en el corral, con la manutención y las comodidades aseguradas, o lanzarnos a explorar las estrellas. Desde mi punto de vista es mejor esto último que lo del corral de gallinas, claro, pero soy consciente de que el espacio es muy grande y las estrellas están muy lejos. En el camino puede pasar de todo.

Éticamente son inadmisibles las denuncias que algunos fumadores norteamericanos ponen de vez en cuando a las tabacaleras. Por lo general alegan que no habían sido informados de los perjuicios que puede causar el tabaco. Qué asco. Eso es no saber aceptar el resultado de un riesgo que uno mismo asumió en el pasado o, dicho de otra manera, eso es clamar a los vientos que uno es un mierda.

La muerte de Franco nos trajo muchas libertades. Apenas sin transición pasamos de la oscuridad más completa a un estallido violento de colores chillones. De pronto podíamos hacer de todo, leer de todo, escuchar de todo, decirlo todo. Y nadie nos había enseñado. Eso no quiere decir que los primeros yonquis no imaginaran que estaban poniendo su vida en peligro o que los rojos pudieran ignorar que los fachas irían tras ellos si hacían pública su filiación política. Al igual que los fumadores norteamericanos, quizás no estuviéramos debidamente informados, pero sabíamos de los riesgos que podían acarrear nuestros actos. No conocíamos las consecuencias a largo plazo del consumo de ciertas drogas, pero siempre tuvimos claro que, de algún modo, el cuerpo nos pasaría factura si abusábamos de ellas. De modo que era cuestión de elegir. Y de nuevo surge la pregunta: ¿Preferíamos vivir en el corral de las gallinas o salir a buscar estrellas?

Muchos de nuestros amigos murieron de sobredosis por ir a buscar estrellas. Ya he dicho que la libertad tiene un precio y no hay por qué ocultarlo. A los políticos de entonces les importó poco que una generación cayera diezmada mientras pudiera exportarse la imagen de normalidad democrática que tanto buscaban. Y a los políticos que llegaron después tampoco les importó un carajo lo que pudiera pasarnos. No he oído jamás que el portavoz de un gobierno español se haya referido a todos aquellos muchachos, que haya asumido ni siquiera una pequeña parte de responsabilidad en el desastre, que simplemente los haya recordado después de darse pisto en alguno de sus discursos. ¿Que por qué mezclo las drogas y la política? Ignoro si alguien utilizó las drogas para apartar a la juventud de una lucha revolucionaria que cada día tomaba más fuerza, pero a toro pasado pensó mucha gente que fuimos los conejillos de Indias de un proyecto político. Quizás por eso apenas se haya hablado de nuestra generación, La Inexistente.

Poco más tarde, cuando nos dimos cuenta de las consecuencias que conllevaba el abuso de las drogas, apareció el SIDA. Si muchos habían caído por sobredosis, esa nueva enfermedad se llevó a muchos más. Y ya no se trataba sólo de drogadictos. Durante una buena temporada no supimos de dónde salía el virus —si es que era un virus— ni cuál era la razón de que la gente degenerara y muriera muy poco después. Fue algo terrible. Cualquiera podía ser víctima de esa amenaza como surgida de una novela de Ciencia Ficción. ¿De dónde salió ese veneno? Me lo he preguntado en un montón de ocasiones y siempre he llegado a un punto muerto. Pero siempre he creído que es una enfermedad inventada, que algún científico retrógrado, religioso y conservador la creó en un laboratorio escondido en algún rincón del planeta. Tal vez en África, donde nadie sabe qué cuecen algunos gobiernos occidentales y donde se supone que nació y empezó a extenderse.

Por esas y otras razones, también hubo muchos suicidios. Las drogas, el desencanto o, en general, las escasas posibilidades de salir adelante que teníamos los jóvenes de entonces, se llevaron la vida de muchos conocidos. Tampoco hablan de ello los defensores de la Transición ejemplar. Y la amenaza de ser portador del virus del SIDA, cuando empezó a saberse de qué coño hablábamos, causó unas cuantas muertes que a veces fueron accidentales y a veces no. Recuerdo uno de tantos casos. Un homosexual de aquellos de La Movida, tan pluma y exagerado como ignorante, leyó en alguna parte que la lejía mataba al virus del SIDA. Él creía que uno de sus ligues le había contagiado y, sin ni siquiera estar seguro de ello, agarró una botella de un litro de lejía y se la bebió entera. No sobrevivió. Pero es que, que yo recuerde, tampoco sobrevivió ninguno de los que formaban su pandilla de amigos.

Así fueron las cosas. Y eso que estoy seguro de haber olvidado muchos detalles que ayudarían a comprender el desamparo al que nos condenaron los sucesivos gobiernos democráticos. Creo que mi generación lleva esa espina dentro. Así lo demuestra la aceptación de este blog, que cada día supera el número de visitantes, colaboradores y comentaristas. Hemos tenido que ser nosotros, de nuevo, quienes hagamos oír la voz de la protesta.