A tres semanas de la aparición de la novela me veo obligado a publicar un vídeo del grupo que, por obvio, he evitado hasta ahora. Los Sex Pistols fueron el punto final y el principio de muchas cosas.
viernes, 30 de mayo de 2008
The Sex Pistols
Etiquetas: La Música
sábado, 24 de mayo de 2008
Nina Hagen
Fue una rara avis en una época de raras avis. La verdad es que a finales de los años setenta hubo mucho y mucho de todo. Y para quien aún no lo crea, ahí está Nina Hagen, la única cantante de ópera de la historia que se pasó a punk.
Etiquetas: La Música
jueves, 22 de mayo de 2008
B-52
Incluso los grupos aparentemente suaves y bailables de aquellos años llevaban dentro una potencia que ya quisieran para sí algunos grupos actuales. Basta con escuchar un minuto y medio de esta canción de B-52 que he subido al blog. Por muy pijis y muy amanerada que fuese la puesta en escena, la mala leche surge casi en seguida, expresada en un par de gritos de la chica que canta. A partir de ese momento, todo el tema cambia.
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miércoles, 21 de mayo de 2008
Lou Reed
No podía faltar. Alguien dijo en alguna ocasión que Lou Reed es un amigo que te dice cosas al oído mientras canta. Puede ser. Con
Etiquetas: La Música
sábado, 17 de mayo de 2008
Las drogas en la Transición
En otra parte de este blog ya hablé de los estragos que causaron las drogas a los miembros de nuestra generación. Y no lo hice desde el punto de vista negativo y facilón que a más de uno le hubiese gustado, no, ni tampoco me volqué en una defensa tan irresponsable como peligrosa en estos tiempos. Una y otra cosa habrían falseado la concepción que entonces teníamos al respecto. No hay que negarlo. El consumo de drogas estaba bien visto en aquel final de los años setenta, facilitaba el acceso a ciertos círculos culturales e incluso daba prestigio entre los más modernos. Aún no había llegado la caída en picado de los drogadictos ni el consumo generalizado de heroína en los barrios bajos.
Los tiempos cambian, de eso no hay duda. Lo que estuvo de moda en el pasado puede ser, hoy por hoy, causa de estigma y marginación. Y mucho más en este decenio de invenciones históricas e hipocresías, cuando se borra de los tebeos el eterno cigarrillo que fumaba Lucky Luke o se niega, por ejemplo, que las drogas tuvieran un papel esencial en el combate del Estado contra la lucha revolucionaria. ¿Por qué hubo tanta droga en aquel entonces? ¿Por qué en cada época se consume una droga en concreto? ¿Por qué nos tocó a nosotros la más destructiva, la heroína?
Hay quien niega lo que estoy diciendo y asegura que nadie puso las drogas a una altura que hoy parecería incomprensible. Bueno. Cada cual es libre de engañarse según le venga en gana, pero las cosas son como son y no hay más que hablar. ¿Verdad que es imposible que la casa Bayer inventara casi a la vez las aspirinas y la heroína? ¿Verdad que no hay quien se lo crea? He subido unas imágenes publicitarias de finales del siglo XIX. No todo ha sido siempre como lo vemos ahora.



(Las imágenes están extraída de teconculto y perso.wanadoo)
Etiquetas: Los hechos reales
martes, 13 de mayo de 2008
Ian Dury
Como tantas otras cosas, una de las canciones más conocidas de Ian Dury sería hoy políticamente incorrecta. Eso, en el caso de que no estuviera prohibida. No obstante, en aquel final de los años setenta fue algo más que un himno. Fue una especie de definición generacional, algo que, se quiera ahora o no, llevábamos con orgullo a modo de enseña. Se titula Sex and Drugs and Rock and Roll.
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jueves, 8 de mayo de 2008
Almodóvar y McNamara
Después de ver este vídeo, una amiga que tiene doce años menos que yo me ha dicho: Eso de que estuviera todo permitido tampoco me parece bien del todo. Bueno, no sé por qué.
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miércoles, 7 de mayo de 2008
Textos Libres. Lluis (10)
Doy mi palabra de honor de que Lluis no es el jefe de este blog ni yo un currante a sueldo. El tío escribe y yo se lo publico. Por cierto, ¿y los demás lectores y comentaristas? ¿Ya no se atreven? Ya dijimos que quien quiera puede contar sus experiencias durante
DE CINE - DE SERIE
He de aceptar que la época de mi vida de la que menos recuerdos tengo (no sé si sería por «excesiva felicidad» o por todo lo contrario)es la de mi infancia. Es por ello que, para muchas referencia de mi vida de entonces, tengo que recurrir a poco antes de mi adolescencia (9- 10 años), cuando los recuerdos son más nítidos y más fáciles de reconocer y situar en el tiempo.
Yo tuve (y tengo) un hermano «loco por el cine». Desde muy pequeño, desde muy joven (teniendo en cuenta que cuando yo tenía 10 años, el tenía 14) hablaba de cine, compraba libros y publicaciones o ampliaba su enciclopedia (CINE). No recuerdo haber ido a una sala de proyección más que en muy contadas ocasiones y generalmente durante los veraneos en Salou (en aquel cine al aire libre, cerca de las vías... que cada vez que pasaba un tren, perdíamos el hilo de la película). Por tanto, el descubrimiento del cine y su magia se lo debo, especialmente, a la televisión (¡¡imaginaos el cine que se podía «descubrir» por aquellos años!!). En casa fuimos unos privilegiados (lo admito) porque tuvimos tele muy pronto, primero en blanco y negro y luego en color.
Todas las películas «clásicas», las vi por la tele y cuando mis padres me dejaron. Las históricas (que tanto me gustaban: Los 10 mandamientos, Rey de reyes, Cleopatra, Ben-Hur, Quo Vadis... Los grandes Clásicos: Ciudadano Kane, Lo que el viento se llevó, Casablanca, La fiera de mi niña, Eva al desnudo (que en inglés era «All about Eve», como un excelente grupo pop de los 90). Los Musicales que nunca entendí, como Bailando bajo la lluvia, las películas de Sinatra y tantas otras. Los films de Errol Flynn (que nunca se despeinaba, por mucha acción que tuviera la cinta), Buster Keaton, Chaplin, Cantinflas. Aquellas películas españolas tan «gratificantes»: Marcelino pan y vino, Muerte de un ciclista, Calle Mayor, Bienvenido Mr. Marshall, El clan de los botones, El último cuplé, mi querida Señorita... O las películas de «Folclóricas» que tanto le gustaban a mi madre y todas aquellas historias protagonizadas por Alfredo Landa, José Luis López Vázquez, Gracita Morales...
Cuando ya tuve edad y «posibilidades» de ir al cine, acudía a unas sesiones que incluían el NO-DO (hablando generalmente de Franco y sus hazañas) y dos (2) películas. El espíritu de la colmena (cuando yo tenía unos 13 años), La escopeta Nacional de Berlanga, El crimen de Cuenca. Y ya en los años 80, Los Santos Inocentes o las películas de Almodóvar (Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón... donde participaba Olvido Gara, «Alaska», de Alaska y los Pegamoides) y otras...
Debo referenciar aquí (aunque solo sea de pasada) el cine erótico de
También las series de películas históricas del colegio. Los últimos días de Pompeya, Platon, La caída del Imperio Romano, La invasión de los Bárbaros, El Álamo.
También recuerdo las grandes películas americanas (o no) de «desastres» o de terror o ciencia-ficción que casi todos veíamos:
Y todas aquellas series de televisión (tan distintas a las de ahora, que básicamente son de médicos), desde las infantiles como Heidi, Marco, Pipi Calzaslargas o Verano Azul... Recordar aquí a La familia Telerín, que nos mandaba a la cama a horas que hoy serían descritas como impensables (por lo tempranas). Super Agente 86 (divertidísima), Ironside, Bonanza, Vacaciones en el mar,
Recuerdo especialmente (creo que eran posteriores a todas las mencionadas): Asesinato en el museo del Louvre (que ya era intrigante la presentación... y que daba «realmente miedo»), Quién puede matar a un niño (de Serrador) o La ascendencia y la caída de Reginald Perris (una auténtica locura), a la que seguirían las series cómicas y pseudoeróticas de Benny Hill, Los Roper, Los Jóvenes, Oh ministro o L'escurço negre (para TV3). Y todas las series de Rodríguez de
Recuerdo especial a los fines de año de los incomparables «Martes y Trece» y los grandes momentos de humor de Tip y Coll o Gila. Y volviendo al cine: las increíbles películas de los Hermanos Marx o las de los Monty Python (incluyendo Un pez Llamado Wanda, en la que participaban algunos de ellos o las de Terry Gillian), y Woody Allen. La película El golpe y todas las de Disney (que nos hacían llorar y descubrir la «crueldad» de los cuentos).
Mención aparte merecería el teatro, del que confieso que ocupaba poco de mi tiempo libre. Me interesaron mucho todos los espectáculos de
También recuerdo (aunque no tenga nada que ver) las colecciones de cromos de la época (algunas, realmente alucinantes), los juegos y juguetes (los Reunidos, Exin Castillos o Cine Exin, Scalextric...) y los soldados de plástico, con los que organizábamos «batallas» interminables (y sin Play).
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jueves, 1 de mayo de 2008
miércoles, 30 de abril de 2008
martes, 29 de abril de 2008
martes, 22 de abril de 2008
Corto Maltés
Desde mi punto de vista, es el personaje de cómics más fascinante. Vi una de sus historietas por primera vez a principios de los setenta, no sé si en francés o en italiano, entre los cómics que mi hermano José Luis sacaba de no sé dónde y metía en casa. Desde entonces le he seguido la pista. Y no sólo por él en sí mismo. Su creador, Hugo Partt, supo hacer que los personajes secundarios de sus aventuras, muy a menudo extraídos de la historia real, sean casi tan fascinantes como él: Rasputín, Tiro Fijo, Saint-Exupéry e incluso Buenaventura Durruti. ¿Quién iba a decirme que, muchos años después, iba a ver a Corto Maltés en una película cojonudamente hecha?
Etiquetas: Los cómics
lunes, 21 de abril de 2008
Textos Libres. Lluis (9)
Este blog debería llamarse
PADRES E HIJOS (MFSB)
Entre paréntesis aparecen unas siglas. Son de una formación músico-vocal que pertenecía a una asociación de músicos que se reunían bajo el nombre de «El Sonido de Filadelfia» y que, como le encantaban a uno de mis mejores amigos de entonces, escuchábamos continuamente. Eran recopilatorios en formato Lp de varios artistas; entre ellos, The O'Jays, Three Degrees y, cómo no, los MFSB. La traducción del inglés es: Madres, Padres, Hermanas y Hermanos, y va de perlas para el texto que se acompaña y que trata de las relaciones (siempre maravillosas) entre Padres e Hijos.
Los padres de los amigos de nuestra generación eran, para la mayoría de nosotros, unos auténticos desconocidos. Si lo eran los nuestros (los propios), ¡¡cómo no iban a serlo los de los demás!! Coincidimos en algunas ocasiones, sabíamos quiénes eran (como para reconocerlos si nos cruzábamos por la calle), pero poco más. Hoy en día muchos padres viven por y para sus hijos e incluso sus amigos son los padres de los amigos de sus hijos. Antes no era exactamente así. Como mucho, nos relacionábamos con las madres porque eran las que encontrábamos en casa, cuando íbamos a ver a nuestros amigos, aunque de confianza, en general, poca.
En primer lugar pienso que algunos de aquellos padres envidiaban a sus propios hijos. Los envidiaban por tener más libertad que la que ellos habían tenido, más facilidad para las relaciones (también las sexuales), o por tener cosas con las que ellos nunca hubieran podido ni soñar. Algunos llegaban incluso a imitarlos, buscando vestirse como ellos, escuchar su música o salir con chicas mucho más jóvenes (no las amigas de sus propios hijos, pero casi), aparentar que estaban en el «rollo» o incluso que tomaban sustancias que ni siquiera sabían lo que eran. Gracias a ese comportamiento tan infantil, algunas parejas (algunos padres de nuestros amigos) se separaron. Y me consta que no por culpa de ellas, que habían sido educadas para cuidar a los hijos de ambos y de la casa y se daba por hecho que no entendían (o no tenían opción de entender) otra vida fuera de aquel entorno. En ocasiones incluso el círculo de amistades tenía que ver con el entorno familiar o amistoso de sus maridos, por lo que su vida social era reducida o nula.
A pesar de ello, las madres apoyaban y defendían a los maridos y padres ante cualquier eventualidad y a los hijos se les enseñaba un respeto que, muchas veces, no incluía a las mujeres. Como cuando los maridos (que habían estudiado una carrera y ejercían una profesión, mientras sus mujeres se ocupaban de «sus labores»), ante una opinión de ellas, aseveraban:
—Tú cállate, que de estas cosas no entiendes.
Las abuelas aleccionaban a sus hijas para que obedecieran a sus maridos, haciendo todo lo que ellos les pedían y desearan. Y ellas aceptaban ese papel.
Aquellos padres también introdujeron en muchos de sus hogares (y sin pudor) el tabaco, el alcohol o publicaciones de contenido erótico (quién no ha bebido vino con gaseosa en las comidas o no ha ojeado un «Interviu»), pero difícilmente hablaban con sus hijos de sexo o del consumo de determinadas sustancias. Como mucho, se preocupaban de sus estudios (o de dar la bronca cuando llegaban las notas... que no es lo mismo, pero es igual). Algunos (de formación católica) sermoneaban a sus hijos como lo hacían los «formadores», dando siempre la razón a estos últimos (la palabra y la opinión de los hijos tenía, en muchos casos, escaso valor).
Ese «respeto» tenía bastante que ver con la distancia en el trato. Un buen ejemplo es el que refiere la película «Jumanji», aunque trate teóricamente de una época anterior: cuando el padre del protagonista es acusado de pegar a su hijo y éste responde (como defensa) que cómo iba a maltratarle cuando ni tan siquiera le tocaba (refiriéndose a un trato cercano, a muestras de cariño). Se creía que, si se mantenían las distancias, se alentaba el respeto.
Los hermanos mayores también debían asimilar funciones que no les correspondían. Acompañar a sus hermanos a cualquier sitio y hacerse responsables de ellos (a mí me daba más miedo lo que pudieran hacerme mis padres si a mi hermano pequeño le pasaba algo, que lo que le pudiera pasar a él). Cuando un crío no estudiaba, la frase típica era (al hermano mayor): «Ayuda a tu hermano» o «si no ayudas a tu hermano a hacer los deberes, no saldrás». En ocasiones también los mayores debían «cargar» con los pequeños cuando salían con sus amigos, con lo que se creaban unos «lazos de amistad» increíbles entre hermanos. Sé de hermanas mayores que han tenido que cuidar de sus hermanos pequeños como si fueran sus hijos, perdiendo o dejando de hacer cosas que les correspondían hacer a su edad. El padre era el patriarca, ¡¡y los demás obedecían!!
Había, creo (en general... aunque también había algún padre «progre»), un abismo entre padres e hijos que se fue haciendo mayor a medida que la sociedad fue evolucionando. Cuando llegó la libertad, la falta de argumentos (el «sí, porque sí» o «porque yo lo digo») dejó de tener validez («Cállate porque te lo digo Yo... y soy tu padre», «Vete a la cama», «No quiero verte más con esa gentuza», «¿Has visto la pinta que traes?»...).
Es curioso cómo entonces (y también ahora, en muchos casos) los hijos podían sentirse más cerca de los abuelos que de los padres (bueno, ahora lo que pasa es que, si no hubiera abuelos, algunos incluso no tendrían hijos), pero lo que es difícil de entender es que un padre quiera tener a su hijo como «un colega»... una auténtica patraña.
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viernes, 18 de abril de 2008
Textos Libres. César (3)
No sé por qué, ayer recordé cómo eran las viviendas de los años anteriores a
LAS VIVIENDAS DE CUANDO ÉRAMOS CRÍOS
Los usos y las necesidades han ido cambiando la disposición de las cosas en el interior de nuestras viviendas. Hay que tener en cuenta, además, que los pisos de principios de los setenta eran bastante más amplios que los de hoy en día y que, por ejemplo, disponían de rincones oscuros y salas misteriosas donde nunca entraba nadie. El olor a cerrado y el ambiente de esas habitaciones creaban un respeto muy parecido al miedo. Por lo común eran comedores para invitados de categoría, estaban decorados con muebles repletos de espejos y tenían, en los cajones, las cuberterías de lujo y demás utensilios que no se utilizaban jamás. Ni siquiera los niños entrábamos en esas salas a menos que uno de los amigos se hubiese ocultado mientras jugábamos al escondite. Por cierto, ¿quién puede jugar al escondite en una vivienda de la actualidad?
Un detalle que siempre me ha sorprendido es la ubicación del teléfono. No sé por qué motivo, el teléfono estaba siempre en el lugar más incómodo de toda la casa. No estaba al alcance de la mano, junto al sofá que suele haber frente al televisor o en el cuarto habilitado a modo de despacho. Qué va. Solía estar sobre un mueble ridículo del recibidor, por ejemplo, en medio del pasillo o en la sala que se llamaba “de estar” y donde no estaba nunca nadie. El teléfono no formaba parte de familia, no era un utensilio habitual. Sólo se utilizaba cuando era preciso, cuando llamaba la tía Jenara desde Villanueva del Trabuco o cuando había que llamar al médico porque la estaba palmando la abuela. Eso de hablar por hablar era, pues, incomodísimo, carísimo y, por si eso fuese poco, estaba incluso mal visto.
Las casas de aquellos tiempos tenían unos pasillos irracionalmente largos. Apenas recuerdo un par de casas sin pasillo. Y sí recuerdo, por ejemplo, haber corrido en bicicleta o haber jugado al fútbol en esos pasillos que, si se fundía la luz, atravesábamos a toda velocidad para que no nos atrapasen los monstruos que habitaban las habitaciones deshabitadas. Me refiero otra vez a esos comedores inútiles o a esas salas de estar que, por lo general, se abrían a ambos lados de los pasillos.
Había un solo cuarto de baño y me parece que en aquellas fechas no se duchaba nadie. La gente se bañaba, y no una vez al día precisamente. Ni cada dos días. Normalmente había, junto al jabón y al champú, un trozo de piedra pómez para quitarse uno la mugre a fuerza de mucho frotar. El cuarto de baño de la casa de mis abuelos de Nájera era especialmente curioso. Era enorme, gigantesco. Tanto, que cagar ahí se convertía en una prueba de valor y entereza. Era brutal la sensación de desamparo e indefensión que uno tenía al sentarse en la taza y ver tan lejos todo lo demás. La taza del váter estaba como a unos tres metros de la bañera, a dos del lavabo y a otros dos y medio de la puerta. Los techos eran altísimos, y la puerta, para colmo, era de cristal granulado, de ese que facilita la visión de sombras inexistentes al otro lado. Estaba uno allí, acojonado por la grandiosidad que le rodeaba e intentando acabar de cagar cuanto antes. Cagar allí era una aventura, ya digo, si bien se trataba de un cuarto de baño un tanto excepcional.
El tocadiscos no estaba en el salón o donde se encuentre la tele. Nuestros padres no acostumbraban a escuchar tanta música como lo hacemos nosotros y, por lo tanto, el aparato estaba en la habitación de los hijos. Ahora cada familia dispone de cuantas pantallas de televisión y cuantos cedés quiera, pero entonces había una tele, un tocadiscos y la voz de mi madre cantando mientras hacía las labores de la casa.
En cuanto a lo demás, era poco más o menos como ahora. Los congeladores de las neveras no eran tan grandes como los actuales, claro está. Entonces se utilizaban exclusivamente para tener hielo. Y el hielo no se utilizaba para nada, porque el güisqui era muy caro y normalmente no estaba el horno para bollos. Además, no se congelaba ningún alimento. Ni siquiera el pan.
Y de los dormitorios poco puedo decir. Los de nuestro padres solo servían para dormir. Tenían algo de santuario, de lugar prohibido a los demás mortales y, por supuesto, a los niños. Los nuestros, con una distribución totalmente distinta, eran lugares donde, más que dormir, disfrutábamos las horas que no estábamos en la calle: ahí leíamos, oíamos música, dibujábamos y hacíamos todo lo que hacían los chavales en aquellos días.
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jueves, 17 de abril de 2008
Gang of Four
Me extrañó, hace un par de años, que un muchacho me hablase de los Gang of Four. Creía que, al menos en España, sólo los conocimos unos cuantos hace muchos años y que luego se disolvieron sin pena ni gloria. Pero no. Debe ser cierto eso de que algunos jóvenes tiren del hilo de la música de los ochenta. Desde luego, los Gang of Four suenan hoy casi tan bien como en aquellos tiempos.
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