viernes, 22 de febrero de 2008

Textos Libres. García

A García no se le da muy bien lo de escribir y me ha pedido que, a partir de sus ideas, lo haga yo por él. Su anécdota tiene gracia. Pertenece al marco de las correrías callejeras de los manifestantes ante los antidisturbios, quizás de los primeros tiempos de la Transición. García es un observador activo. Desde el balcón de su casa dispara su cámara para captar lo que sucede abajo, en la calle. Ya dijimos que quien quiera puede contar sus experiencias durante la Transición y publicarlas en este blog. Basta con enviar el escrito a: cgalianoroyo@gmail.com.


El balcón del comedor de mi casa daba a un cruce calles. No se trataba de calles oscuras, estrechas o poco frecuentadas. Por ahí solían pasar las procesiones, los desfiles y las manifestaciones más sonadas. Y como he sido siempre un enamorado de la fotografía, cuando había algún evento me asomaba al balcón con la esperanza de captar alguna imagen que luego pudiera vender a los periódicos. No era cosa, entonces, de buscar lo impublicable o aquello que fuese susceptible de ser víctima de la censura. A fin de cuentas hacía las fotografías desde el balcón de mi casa y, por lo tanto, habría sido fácil dar conmigo si alguien hubiese querido hacerme daño. Por esa razón no disparaba a la primera. Pero ahí estaba siempre que los periódicos anunciaban movimiento, en mi puesto de observación.

Uno de aquellos sábados habían convocado una manifestación no sé si los comunistas, los nacionalistas, los anarquistas o todos juntos. Tampoco recuerdo qué se reivindicaba. El caso es que de antemano se sabía que iba a haber follón, gritos, persecuciones y tortazos. Como siempre, saqué una silla al balcón, preparé el trípode y, cuando llegó la hora, me senté a esperar. Al cabo de un buen rato empecé a oír las primeras voces. Con el tiempo me había convertido en un auténtico especialista y, según el rumor que iba llegando a mis oídos, ya sabía que la manifestación se había desecho y habían empezado las primeras carreras. Cargué la cámara. El ruido y las voces se acercaban a mucha velocidad. Era evidente, entonces, que en primer lugar aparecería un grupo de manifestantes y que luego llegarían, a toda pastilla, unos cuantos policías. No me equivoqué. En seguida aparecieron dos docenas de manifestantes y, tras ellos, seis u ocho policías armados con porras y escudos. Pero pasó algo. Como he dicho antes, el balcón de mi casa constituía un excelente punto de observación. Desde ahí podía ver el cruce y las cuatro calles. Pues bien. Los manifestantes pasaron corriendo bajo mi balcón y siguieron adelante, digamos que en dirección norte. No sé por qué razón, los policías que iban tras ellos no hicieron lo mismo. En lugar de continuar su carrera en dirección norte, al llegar al cruce olvidaron al grupo que habían ido persiguiendo y echaron por la calle que iba en dirección este. Tal vez recibieron una orden inesperada, no sé. Cambiaron de dirección todos los policías… menos uno, que, sin darse cuenta de la maniobra de sus compañeros, siguió corriendo en dirección norte. De modo que sólo un policía estaba persiguiendo a las dos docenas de manifestantes. En eso, uno de los manifestantes miró hacia atrás y vio que les perseguía únicamente un policía. Frenó en seco, se lo dijo a otro manifestante, éste a uno más, y así hasta que todos se enteraron y dejaron de correr. El policía, viendo que pasaba algo raro, frenó también su carrera. Los manifestantes le miraban, quietos, riéndose y hasta envalentonándose, diciéndole cosas. El pasma no entendía nada. ¿Qué estaba pasando? ¿Por qué habían dejado todos de correr? Se giró para ver cómo habían reaccionado sus compañeros y… ¡Zas!, se dio cuenta de que estaba solo. No había nadie a sus espaldas. Entonces vino lo más cómico, el mundo al revés. Los manifestantes apretaron a correr hacia el policía y éste, viéndose en manos de sus enemigos, echó a correr como un loco en dirección contraria a la que había traído. Lo malo es que no pude hacer la foto. Me eché a reír de tal modo viendo a un único policía perseguido por dos docenas de manifestantes que me resultó imposible apretar el disparador de la cámara. Una verdadera pena.

jueves, 21 de febrero de 2008

Este mundo y el de antes

En la Facultad de Derecho aprendí que, por muy duras que sean las penas, los delitos no disminuyen. En Estados Unidos o en China hay pena de muerte y cada día hay más asesinatos. También aquí, en tiempos de Franco, se puso de moda el garrote vil y, sin embargo, nació la ETA. Y es que quien va a asesinar a otro no piensa en los años de cárcel que pueden caerle: simplemente lo hace. Digo todo esto porque las penas y hasta el acoso social se han endurecido mucho desde la Transición sin que eso haya servido más que para recortar nuestras libertades. Quien hoy se atreva a apartarse un poquito solo un poquito del camino por donde van los demás, estará mucho más marginado que hace treinta años.

Para empezar, en aquellos tiempos no estábamos todos enfermos. Hoy es muy raro encontrar a alguien que reconozca estar sano y que coma de todo. Parece como si la gente necesitara ir al médico, comprar alimentos dietéticos aunque no le hagan falta, consumir sacarina sin necesidad, pan sin sal, leche sin nata, tortilla sin nada y café sin café. Algunos supimos verlo en los años ochenta. Dentro de poco seremos como los yanquis, decíamos, que necesitan ir al psicoanalista para saber que no necesitan ir al psicoanalista. Creo que el truco estaba en no dar demasiada importancia a las cosas.

Recuerdo que, por ejemplo, cualquiera podía ver un programa de televisión si así le venía en gana y nadie ponía en duda su fuerza de voluntad o su libertad de opción. Hoy no. De ninguna manera. Si alguien sigue una serie o le gusta ver un programa regularmente, se le acusa de estar enganchado; es decir, de no poder vivir sin su dosis de televisión. Es lo que decía antes: parece que estemos todos enfermos y que, a partir de ahí, siempre haya quien se cuelgue. No obstante recuerdo con claridad la alegría de mi familia cuando, después de cenar, nos sentábamos ante la tele para ver las primeras emisiones del programa Un, Dos, Tres. Esperábamos ese momento durante toda la semana. Al día siguiente lo comentábamos con los amigos, que por supuesto también lo habían visto. Y a nadie se le ocurría que todos pudiésemos ser unos drogadictos.

De alguna manera, esa asepsia vital a la que hemos llegado y que nos oprime sin que podamos hacer nada para remediarlo, ya estaba reflejada en ciertas novelas de Ciencia Ficción. La mezcla entre Un Mundo Feliz, de Aldous Huxley, 1984, de George Orwell, y Fahrenheit 451, de Ray Bradbury, nos ofrece una panorámica del mundo actual. Hoy está todo prohibido, se aparta cívicamente lo que pueda molestar y vivimos siguiendo la pauta que nos imponen y sin quejarnos. Muchos ni se dan cuenta.

Hasta unos años después de la Transición fuimos los dueños de nuestras ciudades. Los bares, los cines y demás locales de ocio estaban abajo, en la esquina, en la calle que utilizábamos por la mañana para ir a estudiar o al trabajo. Nadie nos imponía la necesidad de alejarnos del centro de la ciudad para meternos en la falsedad de un espacio creado a propósito para bailar, beber y hacer ruido. Ahora está todo parcelado. Aquí se duerme, allá se trabaja, más allá se baila y que nadie se atreva a alterar el orden de las cosas.

Todos sabemos que el tabaco no es bueno para la salud. Pero es inmoral criminalizar a los fumadores y, por supuesto, azuzar a las masas para que los marginen. Quien quiera fumar, que fume. Así era hace treinta años, cuando la doble moral aún no estaba tan extendida ni se tenía por algo natural e incluso bien visto. El gobierno conserva el monopolio del tabaco y, a la vez, organiza campañas para combatir su consumo. Y nadie se queja. La gente solo hace valer sus derechos en situaciones que tiempo atrás habrían pasado inadvertidas. Hace un par de días supe de la denuncia que una madre había puesto al conductor del autobús escolar por haberle visto comprando una lata de cerveza en un supermercado. Me da igual si ese caso en concreto tuvo su razón de ser o fue solo un delirio de la denunciante. Están consiguiendo que seamos los vigilantes de nuestros vecinos, la policía civil, el somatén del siglo XXI. A cada paso que damos se mezclan de nuevo las tres novelas que antes he mencionado.

Y es que, además, en las calles hay un millón de cámaras que espían nuestros movimientos; las tarjetas de crédito dejan nuestra firma allá donde vamos; los paseos por Internet son como confesiones de nuestros gustos, nuestras tendencias y hasta nuestros vicios; el correo electrónico, casi sagrado hasta hace poco, es examinado por supuestas razones de seguridad; los teléfonos móviles también se han vuelto contra nosotros y van dejando nuestro rastro; el GPS anula el romanticismo de vernos perdidos de vez en cuando; los satélites fotografían sin pausa el planeta y controlan los movimientos de los enemigos de ciertos gobiernos; la Justicia está colapsada de montones de denuncias por nada; la atmósfera ha sido dañada y nos protegemos del sol poniéndonos crema y mirando a otro lado; los ricos son mucho más ricos; los pobres son mucho más pobres… y el mundo está totalmente de acuerdo en que sea así. Tenemos miedo. Hemos sacrificado nuestra libertad a cambio de una seguridad que, además, no nos garantiza nada.

Las revueltas políticas, las manifestaciones, eran una manera de hacer saber al gobierno que algo iba mal. Los de arriba tomaban en serio esas demostraciones de malestar y actuaban, bien ordenando una carga de la policía o bien sentándose a negociar con los representantes de la movida. De un modo u otro, se tenía en cuenta la iniciativa de los ciudadanos. Desde principios de los noventa he visto varias huelgas generales. En ningún caso se ha conseguido nada. Las autoridades no han movido una pestaña para hacer frente a las protestas ni para valorarlas y hablar. No han dicho nada y, en consecuencia, las quejas han pasado sin pena ni gloria y los problemas a resolver no se han resuelto. Es como la democracia tal y como hoy en día está planteada. Habla tú, lee lo que tienes escrito y luego leeré yo lo mío. Sólo tenemos derecho a exponer. En lo referente a que se nos escuche, nada. Y en cuanto a tratar de evaluar y comprender lo que dice el otro… bueno, podemos hablar de otra cosa.

miércoles, 20 de febrero de 2008

Textos Libres. Lluis

Lluis ha vuelto a aparecer en escena. No habíamos hablado desde el 2003 o por ahí, cuando la muerte de un amigo común nos puso en contacto; y antes de eso, desde mediados de los ochenta. Sin embargo, Lluis es la persona real a partir de quien creé a uno de los personajes principales de la novela y, lógicamente, en seguida ha querido tomar parte activa en este asunto del blog. Ha enviado un texto en el que recuerda su paso por los grupos de música de entonces y me ha dicho, a título personal, que enviará más cosas que recuerde. El texto de hoy se titula Jóvenes Creativos. Y la canción del final no tiene desperdicio. Ya dijimos que quien quiera puede contar sus experiencias durante la Transición y publicarlas en este blog. Basta con enviar el escrito a: cgalianoroyo@gmail.com


En aquellos días, quien más quien menos formaba parte de algún grupo musical o tenía algún amigo que lo estaba o que colaborara. Aparte de los músicos, rodeaban a las bandas: desinteresados letristas, diseñadores gráficos o de moda, peluqueros y estilistas, técnicos de sonido, dibujantes, mánagers...

También había mucha colaboración entre bandas. Cuando, por ejemplo, a alguien le robaban los instrumentos (pasaba más a menudo de lo que cualquiera hubiera o hubiese deseado... sobre todo porque en los locales de ensayo siempre aparecía gente a la que nadie conocía de nada y que, además, llevaba a sus colegas), la gente hacía todo lo que podía para ayudarles. Aparte de colaborar en la búsqueda y captura de los cacos (generalmente con poco o nula colaboración policial... ya que debían pensar que los mismos miembros del grupo robaban los instrumentos con no se sabe qué propósito), se organizaban conciertos para recoger dinero y poder comprar nuevo material, se les dejaba instrumental y soporte técnico para que pudieran seguir actuando, etc.

También en la época se hacían «fiestas» en los propios locales de ensayo o en alguna masía de algún miembro del grupo y todo el que quisiera subir al escenario podía hacerlo. Así se reunían otros músicos y todo tipo de gente que quisiera expresar algo (y siempre estaba el que subía a dar la nota).

La letra que acompaña a este texto pertenece a mi participación como letrista (también diseñé alguno de los carteles de los conciertos) en la última etapa de AZÚCAR EN LA SANGRE. Más tarde (en otra época) tuve la oportunidad de colaborar como cantante y letrista en la nueva banda de Kike, EL SILENCIO (con Edgar al bajo eléctrico, Robert a la batería y Kike y Miquel a las guitarras), que la crítica de aquel entonces definió como «Pop lujoso». Aquello duró poco, pero fue una experiencia agradable, divertida y, sobre todo, muy creativa.

La letra en cuestión reproduce un momento de desazón en el que pensaba que en este mundo (y también en aquel) no se puede ser bueno...

Confieso, aquí y ahora, mi gran admiración por GERMÁN COPINI (como letrista), líder de una de las mejores bandas Pop de todos los tiempos en nuestro país: GOLPES BAJOS. Este personaje había estado ya liderando a los SINIESTRO TOTAL de la primera época (su primer Lp) y sus letras reflejaban bastante bien lo que pensaba por entonces sobre un sinfín de cosas.


DEMASIADO BUENO PARA UN CUENTO

Demasiado bueno para un cuento

perdido siempre entre hojas que se agrietan

descargando esa tensión sobre ti mismo

con los ojos caídos, las manos prietas.


Desafiando esa sombra de mentiras

que rodean ese mundo, incomprendido,

una curva prominente entre las líneas

demasiada confusión, tu mundo hundido.


Sonriendo por la nulidad de los que mueven

esas cuerdas que manejan a los burros,

tu locura incomprendida es desafío

para los que ven el mundo en un sentido.


Moviéndote a tu estilo, a tu manera,

mientras viejas máscaras se desmoronan,

olvidándote del monstruo, que ahora ruega

que le corten la cabeza... y le perdonan.

martes, 19 de febrero de 2008

Textos Libres. Fernando G

Fernando G recupera las movidas políticas callejeras de la Transición en un texto que nos ha enviado. En uno de los primeros artículos de este blog ya dije que, durante la Transición, los encontronazos entre fachas y rojos fueron muchísimo más habituales que la esporádicas acciones violentas de los skins de hoy en día. Casi todos los que vivimos aquello nos vimos envueltos, por lo menos una vez, en alguna de aquellas situaciones. Fernando G se suelta escribiendo, y se nota que todo es verdad en el estilo que tiene al contárnoslo. Ya dijimos que quien quiera puede contar sus experiencias durante la Transición y publicarlas en este blog. Basta con enviar el escrito a: cgalianoroyo@gmail.com


Hace tiempo que tenía ganas de entrar y contar alguna cosa sobre aquellos turbulentos aunque, desde luego, nada aburridos años. Lo cierto es que soy de los que han tenido el privilegio de leer la novela de La Generación Inexistente y ello ha hecho que se abrieran los «cajones secretos» de mis recuerdos. Cosas, hechos y anécdotas que tenía, si no olvidados, sí relegados a los profundos laberintos de mi memoria, van aflorando poco a poco. Quién sabe hasta dónde llegarán.

Lo que voy a contar pudo suceder en el año 1977 o en el 78, no lo recuerdo con exactitud, pero yo tendría por entonces 20 ó 21 años y aún militaba en EL PARTIDO; o sea, en el PCE.

En la ciudad norteña donde vivía en aquellos años, nuestros grupos, pandillas, cuadrillas, en fin, todos los que pensábamos de una forma parecida, parábamos por los mismos bares y zonas, eso sí, bien separaditos de las «zonas fachas», y aunque en ocasiones los encuentros eran inevitables, la cosa no pasaba de unos cuantos tortazos y puñetazos. Al fin y al cabo era una ciudad pequeña y todos nos conocíamos o habíamos ido juntos al instituto en muchos casos. La cosa solo se complicaba cuando los «guerretas» (GUERRILLEROS DE CRISTO REY) venían de fuera, y eso sucedía de vez en cuando. Después de todo, aquello era la capital de la provincia, ZONA NACIONAL, como lo llamaban ellos, y allí se movían a sus anchas.

Por aquellos tiempos los bares cerraban muy temprano y eso hacía que, cuando chapaban todo en EL ANTIGUO, muchos nos moviéramos hacia El Alcor, un bareto de barrio que, a puerta cerrada, recogía a todos los despojos de la noche. Allí había de todo, putas al final de su jornada, policías, quinquis, rojos, algún falangista local que se había perdido... vamos, toda una fauna que en cualquier otro lugar habría sido imposible; pero se mantenían las distancias. El Alcor era tierra de nadie y se respetaba una especie de tregua no escrita... hasta aquella noche.

Sobre las cinco de la madrugada salíamos del bar El Josmi, su hermano Roberto y yo. Echamos calle abajo y no habíamos recorrido ni treinta metros cuando oímos aquellas voces, «¡Hijos de puta! ¡Rojos! ¡Josmi, cabrón, estás muerto!», o algo parecido. El Josmi era muy conocido (con el paso de los años llegó a ser un alto cargo en la Sanidad Autonómica del Gobierno Socialista). Cuando nos volvimos a mirar qué pasaba vimos a un montón de «guerrilleros» bajarse de dos furgonetas y empezar a repartir hostias a todos o a casi todos los que salían del Alcor. Los maderos se habían esfumado, claro.

Volver arriba quedó rápidamente descartado. Seis u ocho de aquellos animales nos cortaban el paso y venían derechos a por nosotros con las porras en la mano. En décimas de segundo lo tuvimos claro. Ellos estaban frescos, eran robustos e iban armados. Nosotros estábamos colocados, éramos tres y, la verdad, no teníamos dónde llevar una hostia en aquel momento. Así que hicimos lo que teníamos que hacer: correr.

Mientras corríamos comentábamos la situación con voces entrecortadas. Habíamos visto quién daba las órdenes a aquellos energúmenos. Era «El Garfunkel», un pijo de la vecina ciudad con muy mala leche y bastante peligro (el mote le venía por su parecido con el inefable «ART»), y eso quería decir que nuestros perseguidores eran de allí, donde había dos o tres grupos de guerrilleros bastante más duros que nuestros fascistas locales y con los que ya habíamos tenido algún encontronazo.

Corrimos como locos hasta que nos dimos cuenta de que estábamos solos. Nadie nos perseguía, así que aflojamos el paso y poco a poco nos íbamos tranquilizando cuando, al doblar una esquina, apareció al fondo de la calle una de las furgonetas que rápidamente enfiló hacia nosotros. Vuelta a correr, y esta vez bastante más acojonados. Si a nosotros tres nos dedicaban toda una furgoneta, estaba claro que también nos querían dedicar un poco de su tiempo... a solas. La cosa tenía muy mala pinta.

Atajamos por el viejo campus de Ciencias, metiéndonos por vericuetos entre las facultades por donde la «furgo» no podía pasar, dimos vueltas para arriba, para abajo, y nos escondimos entre los edificios, siempre sin perder de vista a los fachas que, a su vez, daban vueltas por los alrededores sin atreverse a bajar del vehículo. No conocían el terreno y éste era un verdadero laberinto de callejas y pasadizos donde era sabido que más de un «gris» había salido malparado en alguna manifestación.

Pasado un buen rato se largaron y nosotros pusimos pies en polvorosa en dirección a La Argañosa, nuestro barrio, nuestro refugio, donde nada podía pasarnos. Error. Íbamos Argañosa abajo cuando la puta furgoneta volvió a aparecer. ¡Joder!, aquello era increíble. Otra vez a correr, a buscar los callejones oscuros que nos ocultaran de su vista... claro que ahora estábamos en el barrio, nuestra zona de juego de cuando éramos niños, las calles que pateábamos todos los días, nuestro paisaje, vamos, y ahí teníamos mucha más ventaja, incluso, que en el campus de Ciencias, aunque eso no nos quitaba del todo el susto que llevábamos encima.

Al final la cosa se resolvió como se resolvían muchas de estas situaciones en aquella época, incluso en los enfrentamientos con los «grises»: un portal abierto. Nos colamos dentro, cerramos la puerta, nos sentamos en la escalera y aún los oímos pasar por delante un par de veces, pero estábamos a salvo. Miramos el reloj y vimos que eran poco más de las seis de la madrugada; o sea que no había pasado mas que una hora desde el primer encuentro. A nosotros nos parecía que habían pasado siglos.

Estuvimos allí sentados hasta que fue haciéndose de día y empezamos a oír el ajetreo del barrio comenzando una nueva jornada. Entonces salimos, aún con mucho cuidado, pero evidentemente ya no estaban.

Nos encaminamos al bar de Julio y por fin, con un café delante, nos miramos y respiramos. Luego, a dormir.

Estas cosas y otras parecidas pasaban bastante a menudo en aquella EJEMPLAR TRANSICIÓN, pero eran «menudencias», se decía.... Sin embargo, de pequeñas «menudencias» se compone la historia.

DEDICADO A JOSE CARLOS, QUE ESTABA EN EL OTRO LADO.

lunes, 18 de febrero de 2008

Textos Libres. Faby

Faby es francesa. Nos envía un texto en el que hace un paralelismo entre lo que sucedía en París, donde vivía en aquella época, y en la costa catalana, donde pasaba los veranos. Al parecer, eso del respeto a la libertad de imagen era un concepto que no existía en ninguna parte. Ya dijimos que quien quiera puede contar sus experiencias durante la Transición y publicarlas en este blog. Basta con enviar el escrito a: cgalianoroyo@gmail.com


En 1981 ya llevaba varios años veraneando en Cambrils y yendo de fiesta a Salou. Por supuesto soy de la generación post-Franco. Incluso cuando iba a casa de mi suegro y veía los cuadros de Franco, José Antonio Primo de Rivera y compañía, no sabía ni quiénes eran (será porque soy guiri y tenía 12 años cuando palmó).

Por cierto, cuando los conocí (a mi suegro y a Franco), me enseñó y me tuvo toda la tarde jugando al parchís y bebiendo gazpacho (mi suegro), mientras mi chico (Jose) se acicalaba (ducha y tal después de no aparecer por casa en un par de días).

No sé lo que creíais de lo de la pasma, pero me parece que era internacional, y no sé si tiene mucho que ver con Franco, la verdad. Mi loock en la época era bastante más new wave que punky, pero me paraban igual en todas partes. En Salou, en Cambrils, en París y en cualquier sitio en el que nos juntáramos los amiguetes. De hecho, mi primera experiencia de ese tipo fue en Londres (y solo tenía 13 años).

En esa época yo vivía y estudiaba en París. Cada tarde (casi) la policía me paraba en el metro, me registraba y me hacían las mismas preguntas de siempre (¡a algunos ya los conocía de tantas veces que me pararon!):

—¿Llevas polvo blanco?

—¿El qué? ¿Harina? —respondía yo, muy provocadora.

—¡No suelo hacer pasteles en el metro! ¿Llevas hierba?

Y aún más chula, le decía:

—Pues no, ¡no soy una vaca!

—¡Levántate las mangas! —decía entonces el poli.

—¿Para qué? —le decía.

—¡Para ver si tienes pinchazos, claro!

—¡Solo me pincho en los dedos cuando me arreglo la ropa! —(me arreglaba los pantalones para estrecharlos).

Ya veis. Me ponían casi en bolas, las manos contra la pared en el metro, y hacían que me quitase las botas, ¡que costaba un huevo! Y así cada día (bueno, un día sí y otro no), en la parada de metro de Châtelet-Les Halles, mientras los rastas vendían chocolate en el banco de al lado, tan panchos.

Si os puede consolar, creo que en todos lados, en esa época, a todos los jóvenes nos pasaban cosas parecidas.

sábado, 16 de febrero de 2008

El Golpe de Estado de Tejero

Hasta hoy no he querido incluir aquí un acontecimiento que, según esas particiones históricas que suelen utilizarse, acabó con la Transición y dio paso al despliegue de la democracia como hoy la conocemos. Me refiero, claro está, a la intentona golpista del Teniente Coronel de la Guardia Civil Antonio Tejero Molina. Era el 23 de febrero de 1981.

Yo estaba dibujando cómics en mi habitación. Tenía dieciocho años y aún no había publicado nada profesionalmente, pero eso no impedía que pasara casi todo el día entre lápices, pinceles y tinta china. Mi madre estaba fregando los platos en la cocina. Como solía hacer cuando no le daba por cantar mientras se dedicaba a las tareas de la casa, escuchaba una conocida emisora de radio. De pronto oí su voz que, con mucha calma, dijo:

César, ¿puedes venir un momento?

Ni me moví. Mi madre no me había llamado a gritos ni de ninguna otra manera que denotase urgencia. Con voz de cansancio, respondí:

¿Qué quieres?

Ven un momento.

¡Joder! dije, dejé el lápiz sobre la mesa y, mientras me dirigía a la cocina, pregunté de mala gaita: ¿Qué quieres?

Parece que hay tiros en el Congreso.

La mala leche se me fue de golpe. Al principio creí que Blas Piñar o algún otro ultraderechista exaltado se había liado a tiros en medio del hemiciclo, pero me di cuenta de que se trataba de algo mucho más grave en cuanto supe de la entrada violenta de la Guardia Civil. A pesar de la situación, mi madre seguía fregando platos. Subí el volumen de la radio justo cuando estaban diciendo que los tanques habían salido a la calle en Valencia. Era la guerra. Desde hacía tiempo se sospechaba que los militares estaban a punto de dar la campanada, pero la gente prefería hacer oídos sordos y continuaba con la rutina como si nada. Bueno, me dije, Y ahora qué. Mi madre, sin dejar sus quehaceres y casi sin mirarme, empezó a contarme una anécdota de cuando empezó la Guerra Civil del 36.

—¡Mamá, por favor! —le dije—. Tú pasaste una guerra y parece ser que la superaste hace ya bastante tiempo, pero yo necesito un poco de calma para saber qué he de hacer. O sea que no me cuentes ahora historias de hace cincuenta años.

En ese momento sonó el timbre de la puerta. Fui a abrir y entraron dos millones de vecinas. Algunas estaban muy serias; unas cuantas lloraban; otras, más prácticas, estaban echando cuentas de todo lo que tenían que comprar al día siguiente en el supermercado para resistir los primeros días de restricciones. En cualquier caso, todo el vecindario se reunió en mi casa. Y entonces, no sé por qué, las lloronas contagiaron a las demás y casi todas se pusieron a llorar hasta que, harto de tanta historia, dije a medio gritar:

—¡Vale ya, señoras! ¡Que si alguien va a tener que ir a pegar tiros, soy yo!

Mi amigo Alfonso estaba acuartelado en esos momentos. Entonces había que hacer la mili por cojones y estuve a punto de irme con él de voluntario a los paracaidistas, pero había una chica que me gustaba más que el ejército y al final se fue él solo. Según me contó más tarde, en cuanto se supo lo del golpe formaron a todos los paracas en el patio con los paracaídas y todo el armamento. Si la cosa se alargaba o pasaba algo inesperado, ellos iban a ser los primeros en lanzarse sobre el Congreso. Y allí estaban, viendo cómo algunos guardias civiles entraban en los edificios militares y conversaban con los mandos. Él y otros cuantos decidieron que, en el caso de que intentasen obligarles a ponerse de parte de los golpistas, dispararían sobre sus superiores. ¡Vaya movida! Siempre he imaginado la escena de mi amigo Alfonso y sus compañeros disparando contra los oficiales. Una escena de cine o de novela, vamos. Al cabo de bastante rato, harto ya de esperar, uno de ellos se acercó al sargento y le preguntó:

—Mi sargento, nosotros, ¿de qué parte estamos?

El sargento, casi sin moverse, respondió:

—Todavía no lo sabemos.

Mientras tanto, mi amigo Jorge se había fumado unos canutos en un parque de Barcelona. El pobre no tenía ni idea de lo que estaba pasando y, cuando llegó un colega y le dijo que el general Milans del Bosch había sacado los tanques a la calle en Valencia, casi se cagó de miedo a causa de la paranoia producida por los porros y salió corriendo hacia su casa. Según me dijo al día siguiente, mientras corría como un poseído creía oír, en las calles cercanas, el ruido brutal de los tanques al rodar sobre el asfalto.

En casa no paraba de sonar el teléfono. Las vecinas seguían llorando y mi madre y yo nos turnábamos para contestar a las llamadas o para abrir la puerta del piso, porque continuaban llegando vecinas de Dios sabía dónde. Había algunas a las que yo no había visto en mi vida, pero por las confianzas que se tomaban cualquiera las habría considerado como habituales de la casa. Y el teléfono seguía sonando. Creo que sonaba en casi todos los domicilios españoles. Me consta que el padre de unos amigos, militante en un partido de extrema derecha y hombre de confianza del líder, recibió la llamada de un grupo de apoyo a La Causa:

—Tenemos listas las metralletas. Cuando quieras.

El golpe de Tejero no fue ninguna broma. Estoy seguro de que, si se hubiera producido en una época anterior, sin la información de que dispusimos entonces, habría acabado de un modo muy diferente. Tal vez a tiros. Aunque también creo que la gente, en general, no tenía ganas de repetir lo del 36 y no estaba dispuesta a seguir a Tejero ni a ponerse en contra con el fusil en las manos. Sin embargo, hasta que el Rey salió por la tele vestido de Capitán General y diciendo que se acabó, no respiramos tranquilos.

Hay quien cree que el Rey estuvo involucrado en el golpe. Yo no. Se me hace muy difícil creer que el propio Rey pudiera pensar en deshacer lo que tanto esfuerzo le había costado conseguir. Sin embargo, soy de la opinión de que el Rey sabía de las intenciones de los golpistas y les dejó hacer para pillarles con las manos en la masa. Un par de años antes había habido otra intentona, la Operación Galaxia, protagonizada por los mismos individuos. Ya digo que sé que mucha gente no va a estar de acuerdo conmigo, pero me da igual. Para mí el Rey estuvo a la altura. Y estoy seguro de que, por mucho que diga, toda esa gente que sospecha del Rey también respiró, aquella noche, cuando le vio en la tele.

viernes, 15 de febrero de 2008

La Movida

Hace un tiempo estuve hablando con un amigo acerca de la Movida. Él es bastante más joven que yo y no la vivió. Me dijo que, en su opinión, estaba muy bien que la gente se lo pasara de miedo, pero que la vida es algo más que divertirse y que, de algún modo, habíamos desaprovechado el tiempo precioso de la juventud. Bueno, depende, le dije; y continué: En mi opinión, Almodóvar ha llegado bastante alto, también Mariscal, algunas canciones de entonces se tienen ahora por clásicos, ciertos cómics como El Víbora han alimentado la imaginación de los jóvenes durante un par de decenios y, por si eso fuese poco, tú puedes vestir como te dé la gana gracias a que otros se atrevieron a hacerlo durante ese tiempo en que, precisamente, era una provocación y conllevaba problemas. Podía haberle dicho mucho más. Por ejemplo que él, de joven, no pudo frecuentar unos locales de última moda en los que la clientela hablara de teatro, de cine, de arte, de literatura y de música como algo natural y sin pretensiones de nada. O que no puede saber lo que es pasar de la prohibición más absoluta al libertinaje más irreverente, del gris a los colores chillones, de la música de ambiente a la locura. Y me quedo corto. La Movida fue el remate a todo lo demás, el pistoletazo de salida de cuanto uno llevase dentro.

Uno de los personajes más implicados en la gestación o en el desarrollo de la Movida fue un hombre al que todavía hay quien llama El alcalde de Madrid. Se llamaba Tierno Galván. Desde luego, era un tío muy especial. Dicen que iba sin escolta por Madrid y no porque no tuviese miedo de que alguien pudiera hacerle algo, sino porque cualquier madrileño le serviría de guardaespaldas en caso de follón. Recuerdo que, en cierta ocasión, debía presentar las nosecuántas horas de Rock, un espectáculo que se celebraba por primera vez e iba a ser emitido sin descanso por la segunda cadena de televisión. El hombre, con sus muchos años a cuestas, salió al escenario. Ante él tenía a un público enloquecido de cerveza, hachís, LSD, anfetaminas y muchas ganas de ver un concierto interminable. Tierno Galván, contrariando a todos aquellos que esperaban un discurso largo y pesado, dijo literal y únicamente:

¡Rockeros! ¡El que no esté colocao, que se coloque! ¡Y todos al loro!

No dijo nada más. La gente rompió en aplausos y gritos a favor de su alcalde. A pesar de conocerle de sobras, nadie esperaba una humildad semejante en un personaje público. No se dedicó a echar flores al Ayuntamiento de Madrid que había organizado el acto, por ejemplo, ni a su propio partido político que, de una u otra manera, también se había implicado. ¿Que cuál era su partido? El PSP, Partido Socialista Popular. Supongo que a los más jóvenes debe extrañarles que existiera un partido socialista paralelo al PSOE. Pero entonces había muchos más partidos que ahora, como había muchas más opiniones y, por supuesto, mucha más libertad para expresar las ideas. La Transición también fue todo eso.

Los artistas, los grupos de música, las revistas e incluso los programas de la tele no estaban viciados por un único diseño o un punto de vista exclusivo. Muy al contrario, la Movida consistió en un desbarajuste increíble de ideas, colores y sensaciones, una convivencia anárquica de los más variados modos de expresión. Casi todo tenía cabida. O todo, si de alguna manera era un intento de llegar más allá o donde no hubiera llegado nadie. Daba gusto que los jóvenes saliesen a la calle cada día en busca de algo nuevo y no a seguir con lo de siempre. Nos pintábamos la raya de los ojos, nos vestíamos de un modo rompedor que provocaba a los burgueses, nos mirábamos en el espejo antes de tomar la puerta para que después, en aquellos bares saturados de música y de luz, pudieran vernos los demás. No había modelos, no había guías ni pautas a seguir ni nada por el estilo. Cada noche era un mundo nuevo. Cada hora. Cada minuto. Cuando todo eso se trocó en rutina, en aburrimiento, en un hacer que ya no sorprendía ni aportaba nada a nadie, la Movida desapareció sin agonía. De golpe. Como tenía que ser.

Podría hablar de cada grupo, de los locales que abanderaron aquella majadería, de las revistas, los libros, las películas y de todo lo demás. Pero no lo voy a hacer. Cualquiera puede hacerse con la lista detallada de los nombres que sonaron por aquel entonces. O sea que me parece que está dicho casi todo. La Movida nos abrió la percepción. No fue sólo un juego de iluminados, de románticos locos y de gente harta de aburrirse. Muchos de los que nos tocó vivir aquello seguimos estando aquí, en este mundo, y se nos nota. Será por algo.

miércoles, 13 de febrero de 2008

Textos Libres. Estela

Conocí a Estela cuando ella tenía siete u ocho años. Yo iba a menudo a su casa porque era amigo de sus hermanos. Recuerdo a una niña que siempre estaba observando y apenas decía nada. Aunque observaba, eso está claro. Es muy interesante su punto de vista porque no le tocó protagonizar aquella época, pero presenció todo lo que sucedía desde una posición de privilegio. Ya dijimos que quien quiera puede contar sus experiencias durante la Transición y publicarlas en este blog. Basta con enviar el escrito a: cgalianoroyo@gmail.com.


Ahí va algo de lo que yo recuerdo. No se si sirve, ni si viene al caso, pero es lo que yo recuerdo. Sois vosotros vistos desde fuera, desde los ojos de la niña que yo era. Tal vez sirva para crear ambiente.
....

No sé muy bien si soy un ejemplar demasiado tardío de la Generación Inexistente o un precoz bicho raro de la posterior, que sé yo. Pero también hay algo de aquella época que este tinglado de César me ha hecho recordar.

De Franco sólo recuerdo el día en que murió, pues mi padre me dijo solemne (yo tenía 5 años) que «Hoy es un día muy importante que debes recordar toda tu vida». Tate. Mi padre, absolutamente consternado a imagen del tal Arias, nada tenía que ver con los abuelos de mi mejor amiga, abriendo botellas de champán con contagiosa alegría al grito de «¡Por fin! ¡Nos casamos!». Eso tan raro sí era importante. Nosotras, por supuesto, no entendíamos nada con cinco añitos.

A partir de ahí empieza la lluvia de recuerdos. Como las peligrosas bandas que estaban en boca de todos (la de la Moneda daba un miedooo). Joder, en cualquier momento te salía alguno pidiéndote la pasta, la chupa, o lo que fuera que le gustase.

También recuerdo las constantes peticiones de documentación de la pasma. Por Dios, éramos niños. En el 80 se llevaron a un amigo con 11 años por no llevar el carné encima, que por supuesto aún ni tenía. Después de aquello nunca creímos que la pasma estuviese a nuestro favor.

O las tribus urbanas y la importancia de pertenecer a una. El vuestro era un grupo extraño que yo observaba de cerca, pues con chantajes y pataletas de niña mimada conseguía que mamá obligase a mis hermanos a llevarme con ellos. Había punkis, hippies, rockers, skins, mods, pijos y gente rara. Desertores delicados, ladronzuelos de poca monta, rebeldes hijos de papá, yonkis que jugaban al ajedrez, poetas y escritores borrachos, músicos de violín y otros que aporreaban cajas, dibujantes de cómics (guarros, añadiría mi señor padre), y qué se yo. Los bancos de los parques estaban siempre repletos de chavales (¿dónde se meten ahora?) pues no había mucho dinero y sí muchas ganas. A menudo se os veía guitarra en mano en un parque, con alguna birra entre las piernas, por supuesto fumando, y escribiendo, dibujando, tocando, charlando. Y riendo, claro. A veces esperaba al hermano de turno a la entrada de un bar jugando a la charranca mientras él pinchaba discos. Otras me escondía tras las puertas de casa leyendo esos cómics (guarros) que papá me había censurado. Escuchaba las anécdotas del día a día fascinada por ese mundo que aún me estaba prohibido. Joder, casi le arrancan el cuello a Mike con una cadena de moto por no estar dispuesto a dar su chupa. No puedo olvidar tantas hostias ajenas, hostias oficiales, familiares y entre amigos, hostias en la calle, por la tele, en casa y en la vida. ¿Recordáis a vuestros compañeros de clase? Mientras mi padre iba a pegar carteles por Blas Piñar, y escuchaba himnos a la patria y discursos (¡discursos!) de Franco en la ducha, yo me sentaba a los pies del tal Blas con unos 6 ó 7 años para ver películas del Novio de la muerte. Y mis hermanos se batían con los mismos tipejos adolescentes en clase que llevaban pistolas en las botas. Eso cuando había clase, claro, porque también había huelgas. Mi padre tenía una bandera con un botoncito que la hacía subir al son del himno nacional. Todo un prodigio de la tecnología que observábamos con asombro. Y mi hermano en la mili, en pleno golpe de estado, mecagüendiez, qué susto. No entendí por qué mi padre parecía tan contento. Desde luego, todo parecía muy extraño.

No sé por qué siento nostalgia de una época que no he vivido. Cuando crecí lo suficiente, ABSOLUTAMENTE TODO había terminado.

martes, 12 de febrero de 2008

Textos Libres. JADQS

JADQS ha enviado un texto que habla de su primer grupo de música. Eran otros tiempos, claro. Los medios era más que rudimentarios y las posibilidades de llegar al público eran mínimas porque, para empezar, no existían los CD, ni los DVD, ni las cintas de vídeo: había que grabar en una cinta de casete y al vuelo. Sin embargo, ciertas cosas estaban en gestación y a principios de los 80 ya había gente que, como el político canario Sagaseta, estaba hasta las narices del imperio norteamericano. Lo suyo era obsesivo. Se excitaba sobremanera cada vez que hablaba en el Congreso, se le erizaban los cuatro pelos que le quedaban y, poco más o menos, siempre decía lo mismo: La culpa de todo era de los yanquis. No teníamos ni idea de cuál era su programa político, pero nos caía muy bien. Tanto que el grupo de JADQS, para el que escribí un par de letras, dedicó un tema al político en cuestión. Se llamaba como él, Sagaseta, y JADQS recuerda el estribillo al final del texto que nos ha enviado. Ya dijimos que quien quiera puede contar sus experiencias durante la Transición y publicarlas en este blog. Basta con enviar el escrito a: cgalianoroyo@gmail.com.


1980 o por ahí. En Salou, en invierno, 3 chavales con inquietudes musicales (y otras), formamos un grupo: PASTEL. ¡Vaya nombrecito! Sí, no sé por qué, fue el que más éxito tuvo (el nombre) de los 3 ó 4 que se propusieron. Quique, Carlos y yo ... JADQS.

Compusimos unas pocas canciones interesantes: Sagaseta (con letra de César, oh César), Venganza en una noche turca (cantada por Quique Malo en «vikingo», o sea que se inventaba lo que cantaba imitando una especie de inglés macarrónico), Viaje Astral (con letra de Fernando, que pasó a ser nuestro cantante, en la ampliación del
grupo de 3 a 4 componentes), Come-come (con letra de Carlos, que era un adicto a las máquinas come-come. Era un auténtico crack, con 5 duros se pegaba la noche en la máquina. Entonces no había plays, ni nintendos ni leches), Sexo en el cementerio (ésta era mía, je, je), etc., etc.

Nuestra primera actuación en la discoteca Hilarios de Salou, claro. No estuvo mal. También tocábamos 3 ó 4 adaptaciones: Lou Reed, The Kinks, Generation X, etc, etc.

La cosa es que (¡cómo no!), ensayábamos en un garaje y grabábamos nuestras maquetas en directo, en un radiocasete. Aún conservo las cintas. Una pasada. Más tarde, cada uno tiró por su lado e hicimos otros pinitos musicales (El hombre de Pekín, El grito acusador...). Ya os contaré.

Pero esa cinta… La primera… Es especial. Y aún la tengo. Suena auténtico. Sí; un poco mal, pero auténtico. Tiene 28 años, y cuando la oigo se me pone la piel de gallina:

«Sagaseta está colgao… Sagaseta es demasiao…
Yanquis, yanquis, yanquis, yanquis, yanquis, yanquis, yanquis… ¡Yanquis, go! ¡Yanquis go! ¡home!».

lunes, 11 de febrero de 2008

Textos Libres. Mar

Mar no fue consciente en su momento, pero a medida que ha ido leyendo los Textos Libres de este blog se ha dado cuenta de que estuvo tan inmersa en el submundo de la Transición como el que más. Nos envía un par de apuntes y una anécdota de la época en la que, como casi siempre, intervino aquella policía que aún olía a rancio y a franquista. Desde luego, la Transición política española no fue tan ejemplar como pretenden. Ni mucho menos. Ya dijimos que quien quiera puede contar sus experiencias durante la Transición y publicarlas en este blog. Basta con enviar el escrito a: cgalianoroyo@gmail.com.



Yo dije que asistiría al blog de la Generación Inexistente en calidad de «voyeur», pero al final me he animado y voy a contar algo.

Leyendo todo lo que publicáis en el blog me he dado cuenta de que yo también viví todo eso y de que, no sé muy bien por qué motivo, lo veía como algo ajeno, pero lo cierto es que estaba metida hasta la médula como todos vosotros.

De todas maneras hay cosas que no me cuadran de la policía y la Transición. No comprendo ahora, ni comprendí en su momento, por qué la policía no nos dejaba vivir y, cuando se encontraba con un conflicto de verdad, hacía como que no lo veía.

Recuerdo una semana fatídica en la plaza de la Concordia de Barcelona en la que un par de «quinquis» se dedicaron a quemar papeleras y gatos delante de todos los que estábamos por ahí. La policía estaba escondida en «Can Deu» haciendo su guardia nocturna y asistiendo impasible al espectáculo, sin atreverse a salir. Recuerdo haber pasado una sensación de inseguridad ciudadana absoluta. Parecía que «los que no hacíamos nada» estuviéramos en manos de policías grillados que podían meternos en el Talego en cuanto nos descuidásemos o taladrarnos con el subfusil cada vez que nos «paraban» y que, sin embargo, no tuvieran agallas para detener a un personaje verdaderamente peligroso. Parecían cobardes encantados de llevar el uniforme porque alguien les debía de haber dicho que tenían cierto poder y que eran la leche.

Aunque yo no había llevado nunca pinta rara, la policía también me pedía la documentación cada dos por tres (quizás porque mis amigos sí que llevaban esa pinta).

Recuerdo una anécdota divertida. Una noche, estando con mi hermana y unos amigos, decidimos ir a casa de uno de ellos a «acabar la noche» porque ya nos habían echado del local en el que estábamos. La casa del amigo en cuestión estaba cerca de Esplugas y enfilamos la Diagonal en su coche en esa dirección. Cuando llegamos al primer semáforo, una de las amigas, que iba un poco borracha, se bajó del coche y se puso a cantar en medio de la calzada; y ya que el semáforo se puso verde y «la borracha» corría peligro de que la atropellaran, salimos a buscarla y la metimos entre todos en el coche de nuevo, entre risas.

Lo gracioso del caso es que dos semáforos más adelante nos paró la policía y nos pidió, como siempre, la documentación. Se la llevaron a su coche y estuvieron media hora haciendo comprobaciones. Después de eso se nos acercaron y empezaron a acribillar a preguntas a «la borracha». Ésta no paraba de reír y los policías llevaban un mosqueo que no se aguantaban. Al final averiguamos que creían que estábamos raptando a la chica. Al parecer llevaban rato siguiéndonos y, al ver que ella intentaba salir del coche y nosotros la metíamos a la fuerza dentro de él, decidieron pararnos para «salvarla». Además, como llevaba un colocón interesante, creyeron que le habíamos dado algo para «inhabilitarla» y por eso no paraban de hacerle preguntas. ¡Jo!, ¡lo que nos llegamos a reír aquella noche!

viernes, 8 de febrero de 2008

Una metáfora


Chema Madoz nos ayuda a ver las cosas de otra manera. Uno puede viajar donde quiera con sus poemas visuales. En alguna de sus fotografías he visto, de nuevo, el retrato de aquella generación de finales de los 70.

miércoles, 6 de febrero de 2008

Textos Libres. Fernando y César

Fernando ha enviado una anécdota de los tiempos de la Transición en la que yo también me vi involucrado. La verdad es que al principio no la recordaba porque hubo muchísimas, pero en seguida me han venido a la memoria las imágenes de aquella noche. Por si eso fuese poco, parece que Fernando se ha cansado de escribir hacia la mitad del relato y me pide que lo termine. Bueno. Ya dijimos que quien quiera puede contar sus experiencias durante la Transición y publicarlas en este blog. Basta con enviar el escrito a: cgalianoroyo@gmail.com



Vale. De acuerdo. Romper aquel cerco policial a la juventud fue un latazo; pero no siempre salíamos perdiendo.

Recuerdo una anécdota... todavía no salgo de mi asombro. Seguro que César la recuerda con mayor nitidez, pero poco más o menos fue que: cerramos, para variar, el bar musical de unos amigos y cuando nos disponíamos a entrar en el coche de T (voy a llamarlo así) para seguir la charla en casa de no me acuerdo quién, paró a nuestro lado una patrulla de la guardia civil.

Hacía un buen rato que había amanecido. La calle estaba asquerosamente desierta y la patrulla bloqueaba el vehículo al que nos disponíamos a subir, cada uno frente a una portezuela. Alguien dijo: «¡Zas. La cagamos!».

Sólo de acordarme me da la risa. Durante unos segundos, densos, nos quedamos inmóviles; mirándonos por encima del techo del curioso coche de T. Una especie de Seat 124 familiar, no estoy seguro si amarillo o pistacho, que vete a saber de dónde lo habría sacado.

Desde luego, si uno traslada la óptica a la visión que debían tener los picoletos, no me extraña que se parasen para identificarnos. Era pa vernos.

No recuerdo bien cómo fue la cosa pero tengo impregnada en mi retina la escena de las zapatillas altas de basket de T (una roja y la otra verde) haciendo cacofonía colórica con lo atigrado del tinte de su pelo, diciendo algo así como: «Buenos días agentes». Nadie se puso nervioso. Les contestamos con total naturalidad y cortesía, incluso cuando uno me preguntó: «¿y esto?», mientras manoseaba una espadilla hecha de un trozo de hoja de sierra.

—Verá usted, señor agente. Somos miembros de un grupo de rock —dije como si ya lo hubiera contado un millón de veces—, y el bajista ha perdido la llave de la maleta en la que guarda su instrumento. He hecho la espadilla para poder abrirla. Es que teníamos que actuar, ¿sabe?

Poco más o menos, el uno y el otro contestaron a los agentes con una cordialidad harto campechana; familiar, diría yo. Tanto, que al no haber encontrado ni rastro de drogas, que supongo era lo que esperaban encontrar, nos recomendaron que circulásemos con precaución porque había niebla y podía pasar cualquier cosa.

Si hubieran sabido el por qué no encontraron nada...

Lo realmente divertido fue lo que sucedió cuando subimos al coche. Pero sigue tú, César, que a mí me da la risa solo de imaginar la expresión de sus caretos.


CÉSAR: Vale, ya sigo. Fernando ha olvidado algunos detalles del suceso. En cuanto bajaron del coche patrulla, los guardias nos encañonaron con sus armas. Recuerdo perfectamente a un guardia con la pistola en los riñones de Fernando y a otro apuntándonos con su metralleta a no más de dos metros de distancia. Hay que decir también que dos de los guardias fueron, metralleta en mano, a ver «si había algo sospechoso en ambos confines de la calle», lo cual era una gilipollez porque a esas horas no había ni un alma en los alrededores y, además, no puede haber nada sospechoso donde no ha sucedido nada. Sospechoso, ¿de qué?

El caso es que, como ha dicho Fernando, antes de largarse nos advirtieron de que tuviésemos mucho cuidado al circular, como diciéndonos: «No os hemos encontrado ni un triste canuto, pero está claro que sois unos pájaros y que, hoy por hoy, habéis tenido suerte. Pero tened cuidado». Los tíos subieron al coche patrulla y al cabo de medio minuto doblaron la esquina y les perdimos de vista.

—Bueno, ya está —dijo T, riéndose—. Menos mal que no han entrado en el bar hace media hora. ¿Nos vamos?

Subimos al coche. T puso el motor en marcha y en seguida enfilamos la calle en el mismo sentido que habían tomado los guardias. Al doblar la esquina los vimos. Habían parado allí, a la espera de volver a encontrarnos para ver qué hacíamos.

—¡Míralos!

—¡Qué maricones!

—Dale gas, T. Que vean con quién se la juegan.

En ese momento, justo cuando T iba a dar gas ante la sorprendida mirada de los guardias civiles, oímos un ruido brutal y se nos partió el eje de las ruedas delanteras. Nos quedamos ahí, averiados, mientras los guardias ponían el coche patrulla en marcha y se perdían, esta vez sí, por las callejuelas de la ciudad. Creo que alguno de ellos no podía contener la risa.

lunes, 4 de febrero de 2008

Carlos Giménez, el mejor documentalista de la Transición


A veces los documentos más apropiados para comprender un momento histórico no están incluidos en gruesos y aburridos tomos que, por su estilo exageradamente académico y la densidad del texto, parecen tener poder de repulsión sobre los ciudadanos de a pie. Viendo el lomo de esos tratados infumables da la impresión de que los doctores y demás intelectuales universitarios no soporten que el conocimiento sea cosa de todos y que, a la hora de escribir, lo hagan para ser comprendidos exclusivamente por los miembros de su tribu. Desde su punto de vista, la cultura ha de ser un tostón. Sólo de esa manera pueden conservar el privilegio de creerse por encima de los demás. Bueno, pues no estoy de acuerdo.

Durante años, Carlos Giménez fue uno de los dibujantes de cómics más comprometidos del panorama español. En muchas ocasiones, su dibujo acaramelado contrastaba con unos argumentos tan duros que aún hoy son difíciles de asimilar y, sin embargo, estaban basados en hechos reales. Entre 1976 y 1977 publicó en la revista El Papus toda una serie de historietas de dos páginas en clave periodística que luego se recopilaron en tres álbumes. Hoy en día puede adquirirse toda esa obra en un solo volumen que editó Editorial Glénat hace ya un tiempo: España Una, Grande y Libre.

De un modo impecablemente lúcido y no carente de sentido del humor, el cómic mencionado aborda casi todos los asuntos que fueron conformando la llamada Transición española: el paro, el mal hacer de algunos políticos, la extrema derecha, los ricos y los pobres, las primeras elecciones, los coletazos de un Franquismo aún presente, la amenaza constante de un golpe de Estado, la Iglesia y todos los etcéteras que uno pueda imaginar. Creo que, entre él y el también dibujante Ivà que le echó una mano en la realización de algunos guiones, consiguieron retratar con precisión lo que sucedió en la calle durante aquellos años.

O sea que no hay excusa para aprender. No es necesario devorar volúmenes insufribles para comprender qué fue la Transición. Basta con echar un vistazo a los tebeos de la época.

sábado, 2 de febrero de 2008

Textos Libres. Er Jose

Er Jose ha escrito una de tantas anécdotas que vivió durante aquella época. Ya dijimos que quien quiera puede contar sus experiencias durante la Transición y publicarlas en este blog. Basta con enviar el escrito a: cgalianoroyo@gmail.com


¡Qué güevos le echábamos, colega!

En el verano del 81 (yo tenía 20 tacos) me ligué a una francesita en una discoteca de Salou. Hoy es mi mujer (¡¡acabamos de celebrar los 20 años de casados!!). Una noche, llegando a la discoteca, veo una camioneta de los picoletos (normal, pasaba a menudo). En llegando veo que estaban subiendo dentro de la camioneta (por los portones traseros)… ¡¡a mi titi!!

¡Diooss! (digo para mis adentros).

Pues… con mi camiseta de leopardo, mi cadena (candado incluido de 12 cm.), mis pelos de punta, mi chupa pueril, mi falso pendiente en la oreja derecha, etc., etc. (o sea, todos mis mejores complementos de una salida nocturna que se preciara)… le digo al picoleto de turno, echándole bastantes güevos (cosa de la que no solía alardear demasiado), que suelte a la titi, que es mi chica, que no lleva papeles porque es guiri, que está en un camping de Cambrils y que yo me hacía responsable.

Menos mal que salió Arturo, el portero de la discoteca, y me echó una mano con los guardias.

Estuve temblando varias horas.

Creo que obtuve varios puntos por la acción y la admiración del personal que miraba pasando de todo.

Asín era.

Generación Inexistente.

viernes, 1 de febrero de 2008

La estructura de la novela

Ya he dicho que, cuando empecé a escribir la primera página de la novela, no sabía ni cómo iba a acabarla. Sólo tenía una idea vaga en la cabeza: incluir una historia en el ambiente de la Transición mediante unos personajes extraídos de la realidad de aquellos tiempos. Eso era esencial para dar verosimilitud al relato. Los personajes debían pensar y moverse como lo hacían las personas que vivieron entonces. Un juicio de valor sobre sus personalidades a toro pasado o un planteamiento actual de los problemas en boca de unos personajes de finales de los setenta habrían dado al traste con toda la novela. Necesitaba volver mentalmente a la Transición, recuperar los hábitos y los vicios de la sociedad de esos años aunque hoy en día puedan parecer censurables. Y sólo había una manera de hacerlo. Debía definir a los personajes a partir de la personalidad de personas reales.

Eso me llevó a plantear la estructura de la novela de un modo diferente al habitual. Por lo general, las novelas están escritas a partir del relato de un narrador o de uno de los personajes. Pero el ambiente de la Transición fue tan amplio que un único punto de vista narrativo, por muy trabajado que estuviese, habría falseado la situación. Cada cual vivió aquello a su manera y, por lo tanto, era necesario que el lector dispusiera de varias perspectivas, de varios enfoques. De modo que pensé en la posibilidad de que cada personaje diera su opinión sobre los hechos. La novela, así, se convertía en un único relato desde distintos puntos de vista.

Naturalmente, el trabajo duro llegaría a la hora de ordenar los relatos de los personajes. Y debía pensar muy bien en ese orden no sólo para que el lector no se hiciera un lío con tanta opinión y tanta gaita, sino como medio de aumentar el interés de la lectura. El orden de los relatos, entonces, debía jugar un papel esencial en el modo de comprender el argumento. Pensé un poco y en seguida me di cuenta de que, sin pretenderlo, estaba dotando a la novela de un guión. Y la verdad es que me pareció muy apropiado, sobre todo por tratarse de una época en que los cómics tenían su peso en la vida diaria y los guiones eran algo más que una burda sucesión de planos violentos.

O sea que ya lo tenía. O no tenía nada, vamos, pero podía empezar cuando quisiera y además con la certeza de que el resultado, bueno o malo, tendría una solidez que no tenía un par de días antes.